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Paternidad

risotadas de los campesinos que bajabanatropelladamente
la escalera y percibiendo en medio de aquel ruido
esaspalabras dichas con burlona voz: «¡Muy bien!
¡Maltrecho y sin palabra,le ha dejado Simón a ese
orgulloso parisiense!»
VII
Movido por el despecho y también por el vehemente
deseo de conocer lacausa de tan incomprensible enemiga,
Delaberge abandonó a su vez lasala. Desde los umbrales de
la alcaldía vio a Simón Princetotdespidiéndose de sus
amigos y atravesando lentamente la plazuela. Elinspector
general apretó el paso y le alcanzó ya bajo los tilos
delpaseo. Caminaba el joven con las manos en los bolsillos
e inclinadameditativamente la cabeza. A solas ya, se iba
disipando poco a poco susatisfacción por el triunfo
obtenido. El calor y las irritaciones dehacía poco iban
dejando lugar a una reflexión más justa y mesurada.
Seacusaba Simón de haber mezclado su rencor personal en
una cuestión denegocios, comprometiendo quizás los
mismos intereses que se le habíanconfiado... Nada
realmente había ganado obrando como un niño que
golpeala piedra que le ha hecho caer. Su cólera en nada
podía cambiar loshechos desgraciados que la habían
motivado. Después, lo mismo que antes,continuaban siendo
sus desilusiones iguales. Lo que la víspera habíaobservado,
oculto tras los abedules próximos a la puertecilla
delparque, no dejaba de ser una realidad desoladora... La
señora Liénard nose preocupaba de él y reservaba para su
rival todas sus amablesatenciones... Sentíase el corazón
lleno de amargores al recordar lo quehabía visto la tarde
 
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