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Paternidad

No comprendía Delaberge el motivo de ese inesperado
ataque; y era mayoraún su dolor al verse objeto de una
hostilidad semejante por parte deaquel joven que era hijo
suyo y a quien de buena gana y con la másprofunda terneza
hubiera estrechado contra su corazón. Se había yaresignado
a separarse de él como de un extraño; pero dejarle por
todorecuerdo ese odio inexplicable, constituía para él una
amargura supremaque le hacía sufrir hondamente.
—¿No es ésta la opinión de todos los aquí reunidos?—
continuaba Simónvolviéndose hacia los campesinos, que
abrían inmensamente los ojos y leescuchaban admirados.—
¿No es tiempo ya de que pasemos de las palabras alos
actos?... Puesto que la Administración quiere ser con
nosotrosequitativa, no nos queda más que dirigirnos a los
tribunales... Quetodos aquellos que sean de mi parecer
levanten la mano.
Y como movidos por una misma descarga eléctrica, todos
aquellos hombreslevantaron sus nudosas manos con
amenazadora energía.
—¡Muy bien!—exclamó triunfante y, dirigiéndose luego
hacia Delaberge,con mirada retadora le dijo:—Señor, nada
más tenemos que decirle enestos momentos... En el término
de veinticuatro horas, recibirá ustednuestra respuesta por
mano del procurador.
Levantóse y se dirigió hacia la puerta seguido del grupo
de losusuarios. El mismo alcalde se batió en retirada y dejó
sólo al inspectorgeneral. Sorprendido y con el corazón
lleno de amargura, se quedóFrancisco un momento solo en
la sala desnuda y vacía, escuchando elpesado andar y las
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