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Paternidad

de voluntad enérgica eraverdaderamente su hijo...»
Después toda su alegría se disipó al solopensamiento de
que este hijo suyo llevaba el nombre de otro y seríasiempre
un extraño para su padre natural. Era el hostelero
Princetotquien, habiéndole alimentado, educado y
sostenido en la vida, podía sóloenorgullecerse de su
paternidad legal; y a ese hombre era a quien Simónamaba
como si fuese su padre...
Entonces, bajo una forma nueva volvió la duda a penetrar
en el espíritude Francisco: «Después de todo, pensaba,
¿qué sabemos? Cuando se penetraen esos misterios de la
filiación, no es nunca posible tener unaabsoluta certeza. El
adulterio tiene de fatal que deja siemprecerniéndose una
sombra sobre el verdadero origen del niño... No se
puedesaber nunca si es el marido o el amante quien tiene
realmente derecho ala paternidad.» Verdad es que
Delaberge podía invocar esa singularísimasemejanza que
había notado; pero sábese también que, durante el
oscurotrabajo de la concepción, el absorbente recuerdo del
amante ejercealgunas veces sobre la mujer una misteriosa
influencia y hace parecersea este último al hijo que nació
en realidad del marido... El inspectorgeneral se hacía todas
estas reflexiones, pero su conciencia seguíahondamente
conturbada. La duda le cansaba ya; quería escapar de una
veza la incertidumbre que le mataba. Solamente Miguelina
podía iluminar suentendimiento y a pesar de la perspectiva
de una escena penosa, decidiótener con ella una
explicación decisiva.
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