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Paternidad

¿No explicaba también esta singular semejanza la
espontánea simpatía dela señora Liénard, apenas se vieron
en casa de su amigo el inspector? Alencontrar en la
fisonomía de un extraño un reflejo de la personalidaddel
hombre a quien ella amaba, compréndese que aquella
mujer demostrasea Delaberge la amistosa confianza que la
vanidad le había hecho atribuira sus méritos propios.
Los hechos más insignificantes le sugerían ahora nuevos
motivos deconvicción. Recordaba curiosas similitudes de
gusto, la paridad deciertas entonaciones, de ciertos gestos;
comentaba también la conductaextraña, el espanto y las
angustias de la señora Miguelina, y seextrañaba ahora de
no haber sentido antes más viva inquietud. Para quetodas
estas coincidencias no le hubiesen advertido desde un
principio,para no haber tenido antes un íntimo
presentimiento de esa posiblepaternidad, era necesario
haber estado ciego o muy preocupado.Preocupado,
efectivamente, estuvo por sus quimeras matrimoniales, por
laegoísta infatuación que le había hecho creer en la
posibilidad decasarse con la propietaria de Rosalinda. Pero
todo había ya finido y lamisma viuda acababa de
desengañarle entonces. Ahora, en que la espesavenda le
había ya caído de los ojos; ahora en que ya no corría
peligrode extraviarse su natural perspicacia, una clarísima
luz iluminaba lasituación: «El hijo de Miguelina podía ser
también su hijo.»
V
Un sentimiento de orgullosa alegría, llenó de pronto el
corazón deDelaberge: «Este apuesto muchacho, robusto y
hermoso como un roblejoven; este Simón de alma noble y
 
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