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Paternidad

había dado veinte pasos cuando Delaberge se volviótodavía
para mirarla...
La Fleurota había ya cargado sobre el hombro el cubo
lleno de ropa ypermanecía inmóvil en medio del camino,
en actitud de vieja Parcameditabunda. Pensaba sin duda en
que acababa de dar un buen tijeretazoen carne viva, pues
así lo demostraba la limosna que el inspectorgeneral tan
generosamente le acababa de hacer.
En efecto, el golpe había estado bien dirigido. La chillona
voz de Celiaacababa de reavivar cruelmente las sospechas
de Delaberge. Las palabrasde esa mujer iluminaban la
oscuridad en que se movían sus temoresimprecisos y sus
inquietos presentimientos.
A favor de esa súbita claridad iba ahora coordinando
Delaberge lospequeños detalles en que antes no se había
atrevido a detenersiquiera... Simón tenía ya veinticinco
años y se cumplían ahoraveintiséis desde que Delaberge y
Miguelina se vieron por la última vez.Era esto, en efecto,
una concordancia muy significativa. Por otra parte,esta
primera presunción venía corroborada por la semejanza que
le habíanhecho notar la Fleurota y aun la misma señora
Liénard, y de la cualtambién se había él vagamente
percatado. Simón tenía, como él, azuleslos ojos, castaños
los cabellos y la fisonomía seria y reservada.Después de la
comida en Rosalinda, al encontrarse de nuevo en
lahospedería del Sol de Oro, ¿no había por un momento
sentido la ilusiónde verse a sí mismo apoyado de codos en
la ventana de su antiguo cuarto?
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