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Pasarse de Listo

su marido.Parecíanle tal vez exageradas cavilaciones de un
hombre ya anciano. Nodesconocía ella que en el fondo don
Braulio tenía alguna razón alsostener que la tertulia de los de
San Teódulo no era el verdadero granmundo, no era el legítimo
buen tono; pero ¿podía su marido llevarla aese gran mundo? Sin
duda que no. ¿Había, pues, de desistir ella de ir aparte alguna;
había de seguir encerrada entre cuatro paredes en la florde su
juventud, y condenar a Inesita al mismo suplicio porque
nohallaba una sociedad perfecta, por todos estilos, donde
poderpresentarse?
En varias discusiones que tuvo Beatriz con su marido acerca
de estenegocio, siempre le hizo callar y salió victoriosa.
Sus argumentos eran, en verdad, difíciles de rebatir. Para todo
teníarespuesta.
—La Condesa de San Teódulo tiene mala reputación—decía
don Braulio.
—Será una calumnia—contestaba Beatriz.
—¿Y si lo que se dice contra ella es fundado?
—Entonces... ¿qué se le ha de hacer? A bien que no es
enfermedadcontagiosa.
—Quiero conceder que no se dé el contagio cuando no hay
predisposiciónpara ello; pero al menos tú me concederás que la
mala fama trasciende;que la maledicencia no sólo se ceba en
quien lo merece, sino en laspersonas que rodean a quien lo
merece, aun cuando no sean cómplicessuyos.
—Eso quizá será verdad; pero, a fuerza de querer probar
mucho, noprueba nada. Si toda mujer virtuosa, con sólo tratarse
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