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Pasarse de Listo

Allá en su interior don Braulio perdonó benignamente al
Conde esteextravío, y considerando sus excelentes prendas, y
sin recelo de nadapor este lado, casi intimó con él.
En cambio, al poeta, que era muy entrometido, que desde
luego trató conla mayor confianza a las dos hermanas, que se
acercaba muchísimo parahablar con ellas, así por mala
educación como por ser algo corto devista, y que echó a Beatriz
en verso y en prosa una infinidad depiropos, don Braulio le
tomó tirria y le miró como a un Don Juan Tenoriomenesteroso y
de tercera o cuarta clase.
De todos modos, a don Braulio no le encantó la tertulia; pero
donBraulio tenía una pauta para su conducta, de la que había
decidido noapartarse.
Tal como está la sociedad, y fuese cual fuese el ideal que él
tenía delgran mundo, lo cierto era que la casa de los Condes de
San Teódulo erauna casa respetable, donde cualquiera otro, en
su posición, se hubieraquedado contentísimo de ser admitido.
Don Braulio podía pensar lo que sele antojase de Rosita y de su
marido; podía denigrar, allá en el fondode su severa conciencia,
la tertulia con sus tertulianos; pero ante elmundo, dentro de las
condiciones de esta vida que vivimos, no podíaoponerse, sin
pasar por hurón, por celoso y por tirano, a que su mujersiguiese
yendo a dicha tertulia.
Don Braulio no quería, además, contener a su mujer con
sermones, ni conseveridad, ni con mandatos. Quería sólo de ella
amor por amor. Su planestaba trazado. No podía ni debía
oponerse a que Beatriz tratase aRosita ni a que estrechase lazos
de amistad con ella. Conveníale, porúltimo, dar aviso a su mujer
acerca del valor moral de Rosita, a fin deque no se engañase;
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