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Pasarse de Listo

Tal, en resumen, era la amiga que, sin esperarlo, se
encontraron en losJardines Inesita y Beatriz.
Rosita, hacía ya ocho años, había estado en la feria del pueblo
deambas, no lejos del pueblo de ella, y había sido hospedada en
la casadel señor Cura, amigo de su padre. Pero ¿cómo no se la
habían olvidadoaquellas mujeres, que eran niñas cuando ellas
las conoció, y que debíande haber cambiado bastante? ¿Cómo
acudía a ellas con tanta llaneza ybondad? ¿Por qué se las
llevaba, como se las llevó, a su corro,sentándolas a su lado?
De todo esto don Braulio estaba tan pasmado o más pasmado
que nosotros.La diferencia está en que nosotros sabremos la
causa en el capítulosiguiente y don Braulio se quedará a
obscuras y cavilando.
Todas las presentaciones se hicieron con las ceremonias
debidas, segúnla liturgia de la sociedad elegante. Doña Beatriz
presentó a su marido ala Condesa, y la Condesa presentó a los
caballeros que formaban elcorro, primero a doña Beatriz y
después a Inesita y a don Braulio. Deesta suerte los tres se
vieron lanzados en el gran mundo en unperiquete, en un abrir y
cerrar de ojos.
No estaba allí el Conde de San Teódulo ni había más señora
que laCondesa. A ésta, como a casi todas las señoras de alto
fuste y supremaelegancia, no le gustaba el trato con las mujeres
sino en raros casos.Tanto más de agradecer y de estimar, por
consiguiente, la extrañaexcepción que había hecho de Beatriz y
de Inesita.
 
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