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Pasarse de Listo

lo común, es quelas acusaciones son mutuas. No se da apenas
sujeto que, al calificar aalguien de cursi, haga más que pagarle,
porque es seguro que loscalificados por él le califican a boca
llena de lo mismo.
¿Será esto porque la cursería es una cualidad indeterminada y
confusa?Yo creo que no, pues he notado que sucede lo propio
con otras cualidadesharto determinadas. Siempre que he oído a
una mujer hablar de lasintrigas galantes, de los enredos y
travesuras de las otras, he vistoque de ella decían las otras mil
veces más. Y en los labios de todoaquel de quien me han
referido mil horrores por su conducta poco limpiaen los empleos
públicos, he oído también las diatribas más enérgicasacusando a
los otros del mismo pecadillo.
Ora por bondad natural, aunque no ingénita, sino adquirida
con los añosy la experiencia, ora por desdeñar un arma
embotada y mellada a fuerzade que todos la usen, la Condesa de
San Teódulo no tenía mala lengua.¡Cosa rara! No hablaba mal
de sus amigos. Sólo hablaba mal de susenemigos declarados y
acérrimos. Entonces se esmeraba y lo hacía conmucho chiste.
De vez en cuando, aunque su prosa hablada era exquisita,solía
apelar al verso, y mandaba a su poeta favorito que
escribiesealeluyas contra la persona a quien quería ella
ridiculizar.
Apartada tiempo hacía de la amistad del general Pérez, la
Condesa nointervenía en la política; no disertaba sobre
estrategia, poliorcética ycastrametación. Ahora consagraba todo
su ingenio a las musas. Y además,desde su viaje a Roma, donde
había estado tres semanas, había adquiridoprofundas nociones
en el dibujo, pintura y artes plásticas, y se habíahecho una
arqueóloga más que razonable.
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