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Pasarse de Listo

que dichos personajes puedanemitir. Así es que los pobres
poetas dramáticos fluctúan entre dosescollos. O bien convierten
a sus héroes en enojosos y pesadospredicadores, o bien, si les
dejan hablar lo que la pasión naturalmenteles inspira, se
comprometen a responder ante la posteridad, y si susobras no
llegan tan lejos, ante sus contemporáneos, de todos losextravíos,
delirios y ensueños que ponen por fuerza en boca de los hijosde
su fantasía, acalorados y vehementes. Así, para ilustre ejemplo
de lodicho, citaremos a Eurípides, a quien, desde muy antiguo,
han acusado decorruptor. Sabido es que César, a fin de justificar
todas lasinsolencias y maldades de que se valió para apoderarse
de la dictadura,repetía con frecuencia ciertos versos del trágico
mencionado.
Yo, en general, soy muy opuesto a enseñar nada en obras de
amenaliteratura, y mil veces más opuesto si la enseñanza es de
máximaspecaminosas. Por esto escribo novelas, y no dramas. En
la novela cabentodas las explicaciones: en pos del veneno se
administra la triaca. Elautor puede tomar la palabra en medio de
la narración y contradecir asus personajes, mitigando o
ahogando en seguida el mal efecto que lasopiniones de
cualquiera de ellos hayan producido.
Prevaliéndome de este permiso, y para aquietar mi conciencia,
hartoescrupulosa, tengo que hablar ahora de don Braulio y de su
carta, lacual contiene proposiciones aventuradas sin duda, y que,
creídas por elcándido lector, pudieran pervertirle con una de las
más feasperversiones que se conocen: la de considerarse genio
no comprendido,ser superior desatendido injustamente.
Don Braulio trabajaba como un negro en su oficina, pasaba
por unempleado probo e inteligente y no descubría sus humos de
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