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Pasarse de Listo

leyese la carta ole hiciese alguna pregunta sobre ella. Parecía
que don Braulio deseabatambién que Inesita meditase con
sosiego, antes de hablarle delimportante negocio de que sin duda
la carta trataba.
Apenas Inesita se quedó sola miró el sobrescrito de la carta, y,
sinemoción, casi sin curiosidad, al menos perceptible, iba a
abrirla y aleerla, cuando apareció en escena un nuevo personaje,
que hizo que lamuchacha se guardase precipitadamente la carta
en el bolsillo.
Este nuevo personaje era el ama Teresa. Llamábanla ama no
porque jamáslo hubiera sido de cría, sino porque había sido ama
de gobierno delseñor Cura. Estaba ya más cerca de los sesenta
que de los cincuentaaños, y había cuidado con grande esmero y
cariño de Beatriz y de Inésdesde que ellas habían quedado
huérfanas. A las dos las quería mucho;pero, como había cuidado
a Inesita desde más niña, y como Inesita seguíasoltera, tenía con
ella mayor familiaridad y confianza.
Por extraña alucinación, más frecuente de lo que se piensa, el
ama, comosi los años hubieran pasado en balde o no hubieran
pasado, no veía enInesita a la mujer ya formada, sino a la niña
pequeñuela que habíamimado tanto.
Seguía, pues, mimándola y tratándola como si Inesita tuviera
cinco oseis años. Sus acciones con relación a Inesita se resentían
de dichaalucinación; pero en sus discursos, cuando hablaba con
ella, había unacombinación graciosa de los mimos e inocentadas
con que se habla a lascriaturitas, y de los esfuerzos de ingenio y
de estudiada discreción conque las personas ignorantes y rudas
 
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