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Pasarse de Listo

en la nueva vista medecidirá o por la una o por la otra. Verdad
es que en esta predilecciónsólo entra por algo el tiempo. Quiero
pasar mi tiempo con ambas; peroes menester empezar por
hacerme querer de una. Si no fuesen hermanas, sino anduviesen
juntas, bien podría yo acometer a la vez las dosconquistas; pero
estando como están, conviene ir por su orden.»
Este soliloquio, hecho y repetido de mil formas, aunque en
substancia elmismo siempre, ocupó el pensamiento del Conde
por espacio de dos días ydos noches.
Hallábanle distraído sus compañeros. El se disculpaba, sin
declarar elverdadero motivo de su distracción.
Entre tanto, ni en las calles, ni en los Jardines de noche, ni en
partealguna, volvió el Conde a ver a las dos beldades, por más
que lasbuscaba. Y eso que tenía vista de lince y siempre iba con
cuidado paraque si pasaban cerca de él no se le escapasen.
El Conde se creía dotado de prodigiosa sagacidad para
averiguarmisterios; para conocer las calidades de las personas
sólo por la pistao el rastro. Se juzgaba tan curtido y experto en
lo que atañe a lasociedad humana, como los antiguos sabios
solitarios del Oriente se diceque lo eran en lo que depende de la
madre naturaleza. Zadig habíacomprendido y descrito todas las
condiciones y circunstancias delcaballo del Rey y de la perrita
de la Reina con sólo ver sus huellasestampadas en el suelo. El
Conde, en su arte, no era menos que Zadig, ydaba por seguro
que él sabría decir quiénes eran las dos desconocidaspor el mero
hecho de haberlas visto un instante; pero no queríareflexionar,
no quería interrogarse sobre este punto. Otra vanidad mayorque
la vanidad de ser tan experto se lo impedía. La vanidad de
creersesobrado interesante para que aquellas mujeres, que le
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