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Pasarse de Listo

ver, cielos santos! ¡Que yo mearroje a sus plantas y le pida mil
veces perdón! ¡Que yo le pague elbeso que me dió dormida,
exhalando mi alma, infundiéndola en la suya conun beso
eterno... infinito!
Mientras Beatriz hablaba, iba empujando a Paco fuera del
saloncito; leiba echando a empellones de la casa.
Ya en la antesala, Beatriz añadió:
—Ve al Ministerio; acude a la policía; busca a Braulio por
todos losmedios, no te detengas.
Paco salió al fin de su mutismo, y contestó:
—Sosiégate, Beatriz, yo le encontraré. Pronto estaré aquí de
vuelta. Nolo dudes: le traeré conmigo. Ten confianza en la
bondad de Dios.
Dicho esto, abrió la puerta, salió de la habitación y
bajóprecipitadamente la escalera.
Doña Beatriz volvió vacilando y tropezando hasta la sala. No
podía yasostenerse. Cayó desplomada en el sofá.
Después de un instante de calma y de silencio, rompió en
gemidos ysollozos y vertió un mar de lágrimas.
Acudió entonces el ama Teresa.
—¿Qué te pasa, hija? ¿Por qué lloras?
—Déjame, ama, déjame—contestó doña Beatriz—. Soy la más
desventuradade las mujeres.
El ama Teresa insistió en vano en idénticas o semejantes
preguntas.
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