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Pasarse de Listo

En medio de estas vacilaciones, las dos mujeres vieron pasar
un cochevacío. Se apoderaron de él rápidamente, dieron la
dirección al cochero,le pagaron adelantado y doble para que
picase, y salieron comoescapadas, subiendo por la calle de
Alcalá y entrando luego por la delTurco.
El Conde quiso seguirlas, pero su coche había ido a parar al
Veloz, ycoches de alquiler no parecían.
Quedóse, pues, nuestro héroe parado como un bobo a la altura
de lafuente de la Cibeles y burlándose de sí propio por la serie
de tonteríasy chiquilladas que acababa de hacer.
¿Quién sabe si serían algunas costurerillas, algunas profesoras
deprimera enseñanza que habían venido a oposiciones, o algo no
menoscursi, aquellas dos que le habían hecho hacer lo que no
hizo jamás nipor reinas y emperatrices?
El Conde de Alhedín se guardó muy bien de contar en el
Veloz-Club suconato frustrado de persecución y el desdén con
que le habían tratadolas dos desconocidas.
«Ya volverán a los Jardines del Buen Retiro—decía para sí—;
ya lasencontraré por ahí mañana o pasado. Ellas volverán. No
despertemos lacodicia de los amigos con desmedidas alabanzas.
Dios sabe cuántos seempeñarían en la conquista, y me serían
estorbo, aunque no me vencieran.Yo no estoy enamorado de
ninguna de las dos. Jamás he creído en pasionesrepentinas. Pero
mi curiosidad es extraordinaria. Cada una por su estiloes
hermosa y está llena de no aprendida elegancia. No sé por
cuáldecidirme, si por la rubia o por la morena. Esta misma
indecisiónaumenta mi deseo de volver a verlas. Lo que observe
 
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