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Pasarse de Listo

Pero las damas parecían temer los encomios y no las sátiras.
No bien seoyeron encomiar apretaron el paso, y aprovechando
un momento deconfusión y bullicio, trataron de escabullirse.
El Conde tenía fija la vista en ellas. Siguió aquel movimiento;
vió quese iban del jardín, y aprovechándose él también del
bullicio, se separóde sus amigos, como si por acaso los perdiese,
y tomó la misma calle deárboles por donde vió que las dos
jóvenes se habían precipitado buscandola puerta del jardín.
Ridículo le parecía que hombre tan corrido como él corriese
entoncesdesalado en pos de dos pobres chicas. No se juzgó
conde aristocrático ysoberbio, sino estudiantillo novato o alférez
recién salido de laescuela. Mas, a pesar de sus juiciosas
reflexiones, el Conde fué en posde aquellas mujeres, y hasta
formó el propósito de hablarles en cuantosaliesen del jardín, a
fin de que, en el caso de un sofión, que harto lemerecía por su
vulgar mala crianza, no le viesen sujetos que lo pudierancontar.
Al salir del jardín vió el Conde a su lacayo, que iba a llamar
alcochero para que se acercase con la victoria.
—¡Ramón!—dijo el Conde—. Id a aguardarme a la puerta del
Veloz-Club.
A poco la victoria partió.
El Conde siguió a pie a las dos mujeres.
Dos o tres veces se acercó a ellas y quiso hablarlas. Las miró,
seencaró con ellas, casi las detuvo; pero hallaba tan feo, tan
plebeyo,tan de mala educación, abusar así de que iban solas dos
mujeres, yperseguirlas y querer hablar con ellas, que se contuvo
y no les habló.
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