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Pasarse de Listo

todas las otrasnoches, y al cabo logró de su hermana que fuese
como de ordinario.
La anciana ama del cura era quien las acompañaba cuando
iban solas y apie a la tertulia sin que don Braulio las
acompañase. Aquella noche elama las acompañó también.
Cuando llegaron a la tertulia, ya estaba enella el Conde de
Alhedín, quien de día en día iba descuidando más susotras
tertulias y diversiones, y acudiendo más temprano y sin faltar
unasola noche en casa de Rosita.
Al tercer día después de la partida de don Braulio, recibió
Paco Ramírezuna carta de Madrid. La vista del sobrescrito, cuya
letra reconoció alpunto, le llenó de contento, mezclado con
alguna inquietud y extrañeza.
La carta era de doña Beatriz, la cual, no por falta de cariño,
sino pordesidia, no le había escrito jamás desde que del lugar se
habíaausentado. Don Braulio era quien siempre escribía a Paco
y le dabanuevas de la salud de todos.
—¿Qué habrá ocurrido? ¿Qué novedad será ésta?—pensó
Paco—. ¿Estaráenfermo Braulio? ¿Por qué me escribe Beatriz?
Sobresaltado con tales ideas, abrió corriendo la carta y leyó lo
quesigue:
«Querido Paco: Aunque me tienes enojada porque llamas a
Braulio contanto misterio, arrancándole del lado mío, todo te lo
perdonaré si me ledespachas pronto y le dejas libre para que se
vuelva con su mujercita,que no vive a gusto sin él.
 
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