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Pasarse de Listo

Imaginó, por último, Elisa, que le iba sucediendo con el Conde
lo que alpastorcillo embustero de la fábula, que gritaba: «¡Al
lobo! ¡Al lobo!»cuando el lobo no venía, y que una vez que el
lobo vino, no le valiógritar «¡Al lobo!» porque los que podían
socorrerle no dieron crédito asus gritos. Elisa calculó que el
Conde no acudía al reclamo, temeroso denueva burla. Era, pues,
indispensable darle pruebas de completasinceridad.
Mucho se violentó antes de resolverse. Su orgullo se resistía.
Suscostumbres, tan contrarias a la humilde franqueza, ponían
dique a sudeseo. Elisa sabía prometer, alentar, dar esperanzas de
un modo tanaéreo y confuso, que se pudiese negar hasta ella
misma que habíaprometido y alentado. Su amor, o más bien el
fantasma, la apariencia deamor que ella creaba y alimentaba en
su alma, era tan sutil y vaporoso,que se deslizaba hasta el seno
de los más empedernidos, despertando aveces tempestades, y no
dejaba huella ni rastro de su paso. Sedesvanecía como sombra;
era ilusorio, vano como silfo, y tenía la fuerzade un gigante para
destrozar corazones.
Pero este fantasma de amor no le valía ya con el Conde.
Verdadero amor,aunque nacido de envidia y celos, no le valía
tampoco. El Conde,escarmentado ya del amor falso, tomaba por
falso el verdadero. Eraindispensable que el amor mostrase su
verdad y su realidad, sin queofreciese la más pequeña duda.
Elisa ansiaba robar a doña Beatriz elcorazón del Conde, costase
lo que costase.
En esta disposición de ánimo, Elisa estaba determinada a todo
lo quepudiese asegurarle la victoria. Pero, en medio de sus más
violentaspasiones, la prudencia no la abandonaba. Calculaba con
serenidad, comosi estuviese en calma.
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