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Pasarse de Listo

A pesar de su culto a doña Beatriz, el Condesito seguía yendo
a teatros,paseos y reuniones aristocráticas. En dichos puntos
siempre encontraba aElisa.
Esta volvió a emplear para cautivarle cuantos medios había
antesempleado; pero el Condesito, firme y frío como una roca,
no se mostrabasensible ni aun se daba por entendido.
Elisa no perdió por eso la esperanza: esforzó sus artes y llegó
más alládel término hasta donde en toda su vida había llevado la
flirtation.Tampoco así consiguió que el Conde diera la menor
señal de que seinclinara a rendirse.
Elisa se esmeró entonces en su vestido y peinado; lució nuevas
y ricasgalas; aguzó el ingenio para que en las tertulias tuviese
mayor hechizosu conversación; atrajo en torno suyo a cuantos
hombres valían más porcualquier estilo; se rodeó de más
brillante y numerosa corte que nunca,y ni aun así pudo vencer la
indiferencia del Conde.
Dióle las muestras más patentes y lisonjeras de su
predilección; dejómil veces plantado a todo un círculo de
admiradores, y rompiéndole, enlos bailes, fué a asirse del brazo
del desdeñoso. Para él fueron las másdulces miradas, las más
afectuosas sonrisas; todos aquellos signos, ensuma, que suelen
augurar favor y revelar amor, sin traspasar los límitesde la
modestia y del decoro.
El Conde no respondía con desvío. Esto hubiera sino menos
cruel. ElConde respondía con gratitud, con cortesanía extremada
y con tan glacialacatamiento, que ponía fuera de sí a la pobre
Marquesa.
 
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