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Pasarse de Listo

No hubo tiempo para que el Conde hablase a Elisa, cuyos
caballos,apartado el Conde que les estorbaba el paso, arrancaron
con furia, apesar del brío con que los retenía el cochero.
Elisa tuvo tiempo, no obstante, para mirar, para examinar a
ambasmujeres. Al punto adivinó quiénes eran.
Cruel fué el resultado de su examen. Absorbida su atención en
Beatriz,apenas se fijó en Inesita; pero a Beatriz la vió, la
contempló, laestudió con una intensidad tan honda, que
compensó de sobra lo breve deltiempo que duró el estudio.
En lo más íntimo de su conciencia, en aquel abismo adonde no
llega elamor propio por grande que viva en nosotros, y hasta
donde elentendimiento penetra rara vez ofuscado, Elisa se
reconoció por uninstante muy inferior en todo a doña Beatriz.
Pronto, sin embargo, volvió su ánimo de la postración; se
recobró delamilanamiento, del desmayo en que había caído.
La reacción del orgullo herido fué violentísima y poderosa.
Entonces, corriendo en su coche por la calle de Alcalá abajo,
Elisa juróguerra a muerte a doña Beatriz, la cual estaba muy
ajena de que sealzaba contra ella tan temible enemiga.
En nombre del orgullo, en nombre del amor, que con el
orgullo nació desúbito en su alma, si bien con bastardo e impuro
nacimiento, Elisa seresolvió a luchar, a aventurarlo todo por
atraer de nuevo al Conde y porquitárselo a doña Beatriz y
tomarle ella.
Marido o amante, todo le era igual en aquel momento de ira: lo
que leimportaba era rendir al Conde, conseguir que no fuese de
doña Beatriz,lograr que aquella mujer se viese abandonada.
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