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Pasarse de Listo

sospecha. Así era que él no setomaba trabajo alguno para
disimular, y hablaba con doña Beatrizaparte, y horas enteras, en
casa de Rosita.
El Conde, y la misma doña Beatriz, en quien al cabo era esto
másdisculpable por su falta de mundo, se habían empeñado sin
duda en quelas gentes los tuviesen por superiores a toda crítica;
en que juzgasensus coloquios santos, puros y sublimes, como
los que tuvo allá en laantigüedad Numa con la ninfa Egeria, o
como aquellos que en la cumbredel Purgatorio, y después entre
los esplendores del Paraíso, tuvo Dantecon la tocaya de nuestra
heroína.
Las gentes, sin embargo, no estaban de este parecer. Apenas
si, por locomún, son capaces de alcanzar tales sublimidades y de
prestar crédito alo que llaman sutilezas o tiquismiquis amorosos.
Creen siempre en algomenos etéreo, sobresubstancial y
trascendente. La amistad de losespíritus, el platonismo, la
adoración desinteresada a una mujer, aunquese mire como
grosero el símil, les parece a manera de salsa picante;pero
entienden que no es plato de gusto aquel donde no hay más que
lasalsa. El misticismo es un condimento sin el cual el amor
seríadesabrido para los paladares delicados; mas nunca pasa,
para las gentesvulgares, de ser un condimento; es como la sal, la
mostaza, la pimientay otras exóticas especierías.
Lastimoso, abominable es que las gentes piensen así; pero ello
es queasí piensan. Lo que es en la tertulia de Rosita, todos eran
bastantecultos y hasta refinados para no desdeñar la parte
mística del amor, yninguno era bastante metafísico para
conceder a esta parte mística uncarácter substantivo, como dicen
ahora los filósofos. Del misticismo,por mucho que le pusiese en
prensa allá en la mente, no sacaba ningúntertuliano el amor, sino
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