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Pasarse de Listo

tan a pesar mío y tan sin fundamento,dice de nosotros la
maledicencia, se moriría de dolor. ¡No lo permitanunca el cielo!
La Condesa no se atrevió a continuar la conversación, al ver lo
exaltadoque su hijo se ponía, y la vehemencia con que hablaba
en pro de doñaBeatriz.
Allá, en el fondo de su alma, la Condesa se afligió mucho,
imaginandoque su hijo no tenía unas relaciones vulgares, un
pasatiempo inmoral,pero sin consecuencias, sino una pasión
vivísima. Pensó, además, que laocasión era menos favorable que
nunca para inducir a su hijo a que sededicase a la política y a su
prima Adela, y, muy contrariada, dió otrogiro a la conversación,
esperando mejores días.
La conversación que tuvo con su madre puso al Conde de
Alhedín de muymal humor contra los deslenguados, chismosos
e insolentes que ibanpropalando por todas partes sus amores con
doña Beatriz; pero no por esoprocuró en lo sucesivo ser más
cauto y mirado a fin de no dar ocasión yfundamentos a aquellas
habladurías.
El Condesito había adquirido tal costumbre de ir todas las
noches a latertulia de los de San Teódulo, que a cualquiera cosa
faltaría antes dedejar de ir. La misma costumbre había adquirido
doña Beatriz. De estasuerte se veían de diario y en presencia de
muchos hombres maliciosos,amigos de burlas y muy propensos
a explicarlo todo por el lado más feo.
Sostenía el Condesito que doña Beatriz era la discreción
personificada,que su conversación tenía un atractivo irresistible,
y que su honra y sucastidad estaban por encima de toda
 
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