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Pasarse de Listo

El Conde de Alhedín, dicho sea en honor de la verdad, no pasa
de ser unbuen muchacho, si hemos de juzgarle con el relajado
criterio que en elmundo se usa.
El Conde de Alhedín dista tanto de ser un Don Juan Tenorio
como dista elcielo de la tierra. Jamás ha empleado engaño ni
violencia contra solterani casada.
Doy además por seguro que, si hacía examen de conciencia,
por muy severoy escrupuloso que fuese antes de la época de
nuestra historia, nollegaría jamás a persuadirse de que él hubiese
seducido a mujer alguna.
Hallando fácil y abundante cosecha de laureles entre las
seductoras y yaseducidas, no tuvo el Conde la mala idea de
extraviar a ninguna cándidae inocente doncella, o de turbar la
santa paz de algún matrimonio modelopor lo bien avenido,
ejemplar y amoroso.
Si en algunos casos reconocía el Conde que la seducción había
sidomutua, en los más, con notable consolación de su ánimo y
con no cortomenoscabo de su vanidad, el Conde no veía en su
propia persona sino a laque padece, esto es, a la verdaderamente
seducida.
Ni una sola de sus conquistas había tenido hasta entonces
asomos decarácter trágico. No se acusaba al Conde de haber
arrancado de frentealguna el luminoso nimbo de la santidad y de
la pureza. No había mujerque hubiese descendido por él de un
pedestal sagrado donde hubieraestado antes, sin que jamás la
tocase el lodo de la tierra, sin que seempañase en lo más mínimo
la nítida blancura de la fimbria de su veste.O bien había sido el
Conde uno de tantos, y no primero en una serie máso menos
larga y variada, o bien, si por dicha había sido el primero,
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