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Pasarse de Listo

Por lo pronto, lo que podemos asegurar es que la reputación de
doñaBeatriz estaba perdida; gravísimo mal, aunque no del todo
irremediable,dado que fuese una calumnia lo que se recelaba o
afirmaba: dado que lasuposición no tuviese fundamento alguno.
Verdad es que para poner remedio a aquel mal era ya menester
que lospacientes lo supiesen primero, condición terrible para el
enamorado donBraulio, quien, atormentado por sus vagas y
melancólicas imaginaciones,no advertía nada de lo que en
realidad estaba pasando en torno suyo, ycuyo corazón, que tanto
se angustiaba sólo con presentir la pérdida delcariño de Beatriz,
parecía que no había de tener resistencia bastantepara sufrir el
rudo golpe de la certidumbre y la realización de
supresentimiento.
Confieso, con la ingenuidad que me es característica, que he
tenidotentaciones de pintar al Conde de Alhedín como a un
seductor perverso,endemoniado y profundo en sus ardides y
planes de guerra. «De estasuerte—me decía yo cuando iban
ocurriendo estas cosas y yo mismo noestaba aún en el secreto—,
si doña Beatriz ha sido en efecto seducida,su caída tendrá cierta
disculpa, y, si no lo ha sido, su triunfo serámás glorioso y
memorable.»
No hay nada, sin embargo, que me repugne más que la
mentira. Ni siquieragusto de apelar a ella para escribir un
cuento. Y como el Conde deAlhedín existe en realidad y yo le
conozco y trato, se me hace cargo deconciencia presentarle
diverso de lo que es, aunque sea envolviéndole enel velo del
seudónimo.
 
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