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Pasarse de Listo

Durante, pues, todo el verano y hasta el principio del mes de
octubre,momento en que ocurrieron casos importantes, que
pronto hemos dereferir, pudo muy bien doña Beatriz, nada
experimentada ni escarmentadaaún de la maledicencia de los
madrileños, vivir tranquila y persuadidade que nadie la acusaba
de ser la enamorada del Conde, y de que donBraulio no estaba
en ridículo de resultas de haber sido tan bueno y
tancomplaciente con ella.
Al llegar a este punto siento yo cierto prurito de declamar y
demoralizar, a fin de que mi historia merezca contarse entre
lasejemplares. No atino, sin embargo; no me decido siquiera a
señalar elblanco contra el cual he de dirigirme.
¿Declamaré contra la sociedad murmuradora? No me atrevo,
sinconsiderarme como injusto. ¿Quién sabe aún lo que en
realidad pasaba?Pero las apariencias estaban en contra de doña
Beatriz.
¿Declamaré contra ésta? ¿Y si era inocente? ¿Y si las
apariencias eranengañosas? ¿Y si ella, ignorante aún de la vida,
no notaba que, sinquerer, quizá sin merecerlo, daba pábulo a la
maledicencia?
Sería, por último, harto cruel que yo me estrellase contra el
bueno dedon Braulio, que era tan honrado, tan noble, tan
excelente, y cuya únicafalta, si falta había, se originaba del amor
entrañable y de laindulgencia bien meditada con que miraba a su
mujer.
Lo mejor, por lo tanto, es que nos abstengamos de declamar y
demoralizar, aguardando a ver qué sale en claro de todo esto.
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