Obras Completas de Armando Palacio Valdés -Tomo XV -Tristán o el Pesimismo - Novela de Costumbres by Armando Palacio Valdés - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS

TOMO XV

TRISTÁN

O E L P E S I M I S M O

NOVELA DE COSTUMBRES

MADRID

LIBRERÍA DE VICTORIANO SUÁREZ

Preciados, número 48.

1922

Imp. Helénica. Pasaje de la Alhambra, 3. Madrid.

ÍNDICE

———

I. —El dueño de la finca

II. —Felices esposos

III. —¡Quieto, Fidel!

IV. —Una Visita y otras visitas

V. —Lo que dicen las abejas

VI. —La familia de Tristán

VII. —Sus amigos

VIII. —Un buen día que concluye mal

—Un tropezón de Gustavo Núñez y otro de su amigo

IX. Tristán

X. —Una noche de novios

XI. —El estreno de una obra de carácter

XII. —La novena sinfonía

XIII. —Vida literaria

XIV. —Un descubrimiento del paisano Barragán

—El paisano Barragán comercia con los espíritus y luego

XV. con los cuerpos

XVI. —¡Corazón, arriba!

XVII. —La boda de Araceli

XVIII. —La flecha del desterrado

XIX. —Fieros desengaños de Tristán

XX. —Consecuencias de unos celos

XXI. —La maldición

XXII. —Hacia otro mundo I

EL DUEÑO DE LA FINCA

Un bando prodigiosamente grande de palomas vino a posarse sobre eltejado de la casa. Este quedó blanco como si una copiosa nevada hubiesecaído sobre él. Las palomas todas, sin fallar una, eran blancas. En lapared enjalbegada de la casa, encima del amplio corredor con rejas demadera se abría un ventanillo que daba acceso al palomar. Las palomas nipor un instante soñaron con acercarse a él; ninguna intentó siquieraponerse sobre la tabla que, a guisa de recibimiento, tenía delante. Eldía era demasiado espléndido para meterse en casa; un día tibio y clarode primavera en Castilla.

Por el ventanillo del palomar, con toda precaución y cuidado, asomó elrostro un hombre; un rostro atezado, varonil, de bigote gris. Giró susojos recelosos, inspeccionó minuciosamente los contornos y se retiró enseguida; volvió a asomarse y otra vez se retiró, como si espiase lallegada de un ladrón.

El ladrón llegó, en efecto. Dio un brinco y se plantó sobre la barandadel corredor; ascendió luego fácilmente por el grueso sarmiento de laparra que se enlazaba retorciéndose a las columnas de madera quesostenían el tejadillo, encaramose sobre éste y echando una miradarecelosa en torno y otra de ávido anhelo a la ventana del palomar, sacóla lengua y se relamió repetidas veces con repugnante ausencia desentido moral.

Luego, no sin cierto estremecimiento nervioso que corriópor todo su cuerpo, se preparó a dar el gran salto. Grande era, enefecto; enorme. Sólo un bandido avezado a correrías peligrosas tuvierala audacia de intentarlo. Después de algunas vacilaciones lanzose alespacio, logró tocar con las uñas la tabla, y presto se encaramó sobreella. Y sin pérdida de tiempo se introdujo en el palomar. ¡Desdichado!La traición le acechaba.

Apenas puso allí la planta, un pesado garrotecon furia manejado le hizo pagar cara su osadía. El criminal comenzó aarrastrarse por el suelo dando mayidos bien lastimeros. Su feroz agresorle contempló estupefacto con ojos extraviados, los brazos caídos yrespirando anhelante. Quiso acercarse a su víctima, pero ésta huíaarrastrándose por el sucio aposento donde estaban colocados, como enanaquelería de tienda, los nidos de los pichones.

—¡Válgate Dios! Le he roto una pata—exclamó con voz temblorosa elhombre.

Era un caballero alto, fornido, de unos cuarenta años de edad, la tezmorena, los ojos negros, los cabellos crespos y comenzando a blanquear;fisonomía abierta y simpática. Vestía traje de casa, chaqueta obscura ygorra de cazador.

—¡Bis, bis...! ¡menino...! ¡pobrecito, pobrecito!

El gato permitió al fin que se le acercase y le dirigió una miradatriste y medrosa.

—¡Vaya por Dios! ¡vaya por Dios!—murmuró el caballero con acento quedistaba mucho de sonar como el grito de triunfo del vencedor satisfecho.

Le pasó la mano suavemente por el lomo y quiso reconocerle la herida;pero el pobre animal lanzaba mayidos cada vez más dolorosos.

—¡Qué diablo! ¡qué diablo!—profirió en el colmo del disgusto.

De pronto, como si le hubiese ocurrido una idea feliz, se irguió denuevo y abandonando al estropeado gato en el suelo salió del aposento,bajando un poco la cabeza para no chocar con el dintel de la puertecillaque le daba acceso. No tardó muchos minutos en presentarse otra vez conun canasto en las manos guarnecido en el fondo por un cojín de lana.Tomó al gato con infinitas precauciones y lo depositó sobre él. Luego,sacando del bolsillo un paquete de vendas, se puso a liarle la piernarota con la delicadeza de un cirujano. El gato le dejaba hacer como sientendiese que de aquello dependía su salud. Cuando estuvo hecha laoperación cogió de nuevo el cesto, transformado ya en camilla dehospital, y a paso lento y prevenido lo sacó de allí, bajó la escalera ylo depositó en una de las estancias del único piso alto que tenía lacasa.

Era ésta una mansión de hidalgo o labrador acomodado. Los pisos deladrillo rojo, las paredes enjalbegadas, los techos con las vigas aldescubierto. Los muebles eran viejos, macizos, lustrosos; en las alcobascamas enormes de madera sin pabellón; en las paredes colgados grandescuadros al óleo renegridos y confusos.

Reynoso, que así se nombraba el inventor de la emboscada descrita,contempló largo rato a su víctima que a su vez le miraba con expresiónindefinible de temor, reconvención y tristeza dejando escapar débilesmayidos. El agresor respondía a estos mayidos con otros obscuros sonidosguturales que expresaban remordimiento. Al fin, no pudiendo resistir mástiempo la vista de aquella tragedia dolorosa, giró sobre los talones ysalió de la estancia. Recorrió algunas otras desiertas en busca de subastón de boj hasta que, recordando que lo había dejado en el palomar,hizo un gesto de pesar y no atreviéndose a empuñar otra vez el fatalinstrumento descendió a la planta baja, también desierta, y salió a lacalle.

Delante se abría un anchuroso patio recientemente empedrado, cercado porelevada verja de hierro. Nadie pensaría que aquel magnífico patiopertenecía a la hidalga pero humilde morada de donde salía nuestrocaballero. Y en realidad no era así. Aquella casita de paredes blancas ybalcones de madera estaba allí solamente como un recuerdo de familia. Asu lado, apartado treinta o cuarenta pasos, se alzaba un moderno ysuntuoso hotel que bien pudiera denominarse palacio. Gran escalinata demármol, montera de pizarra a lo Luis XIV, lunas enormes de cristal enlos balcones, todo el arreo, en fin, de que ahora hacen gala los hombresopulentos cuando fabrican una mansión para su regalo. Las cuadras y lascocheras, también suntuosas, cerraban el patio por la izquierda.

Así que las palomas del tejado le divisaron en medio del patio abrieronlas alas repentinamente y vinieron a posarse sobre él transformándole eninforme estatua de nieve. Reynoso no recibió aquella acostumbradacaricia con la benevolencia de otras veces.

El peso de su culpa le hacíaatrabiliario.

—¡Quitad, quitad! ¡Fuera!

Y abriendo los brazos como aspas de molino y sacudiendo puntapiés a unlado y a otro las rechazó groseramente.

Herida la susceptibilidad de las cándidas palomas por aquel insólitorecibimiento, se escaparon nuevamente al tejado.

Algunas más zalamerasque persistieron en querer picotearle la cabeza, fueron llamadas a ladignidad por sus compañeras y no tardaron también en remontar el vuelo.

Reynoso se acercó a las cocheras y dirigiéndose a un mozo que limpiabaun carruaje:

—Dile a Pedro que enganche antes de las diez para ir a buscar a laestación al señorito Tristán.

Sacó luego su cronómetro. Eran las ocho. Dejó las cocheras y abriendo lagran puerta enrejada se introdujo en el parque. Bello, esmeradamentecuidado, pero no de grandes dimensiones. En el centro había unaplazoleta rodeada de cañas de la India y dentro una glorieta conenredadera de madreselva y pasionaria. En el fondo y en uno de losángulos, adosada al alto muro que lo cercaba, estaba la casita deljardinero. Reynoso, sin pasar delante de ella como tenía por costumbre,quiso abrir la puerta de madera que comunicaba con el bosque, pero antesde hacerlo lo divisaron los chicos del jardinero que volaron hacia éldando chillidos penetrantes. Quedó un instante inmóvil y una sonrisa dealegría iluminó su semblante enfoscado. Las palomas habían tenido menossuerte.

—¿Qué queréis?—preguntó fingiéndose serio.

—Un beso... un beso—respondieron los chicos, una niña y un niño deseis y cinco años respectivamente.

—¿Nada más?

La niña, avergonzada, hizo signos negativos con la cabeza.

Reynoso seinclinó para besarla. Mas he aquí que cuando lo estaba haciendo, el niñole introdujo suavemente la mano en el bolsillo.

—¿Qué haces, pícaro?—exclamó el caballero alzándose bruscamente ymirándole con afectada severidad.

El chico, aterrado, se dio a la fuga. La niña reía: sus carcajadassonaban frescas y cristalinas como el gorjeo de los pájaros.

—¡A ése! ¡a ése...! ¡Al ladrón!—gritaba Reynoso.

Luego, sacando del bolsillo un caramelo, se lo dio a la niña diciendo:

—Tú, que eres buena, toma. A ese tunante nada.

Pero el chico, advertido, comenzó a volver sobre sus pasos gimoteando:

—¡A mí! ¡a mí también!

—Tú ya lo has robado.

—¡No! ¡no!

Y movía la cabeza a un lado y a otro hasta querer descoyuntársela, yenseñaba las palmas de sus manecitas untadas de tierra.

—Bien. ¡Pero lávate esa cara y esas manos, gorrino!

El chico, sin vacilar, se fue corriendo al pequeño estanque de unafuente de mármol y comenzó a echarse agua a la cara. En vez de quitarsela tierra, la esparció de tal modo por sus rosadas mejillas que dabahorror. Reynoso no pudo menos de soltar la carcajada. El niño comenzó allorar perdidamente. Entonces su hermanita se brindó con maternalsolicitud a lavarle. Le llevó al estanque, le restregó la carahaciéndole pasar sucesivamente del negro al gris, luego al blanco,después al rojo subido, tan rojo que el niño chillaba como un condenadoy estuvo a punto de renunciar de una vez y para siempre a aquel caramelotan dolorosamente comprado.

Reynoso estaba enajenado. Su faz resplandecía como la de un justo,aunque distaba mucho de serlo, como acabamos de ver.

Después que sehartó de besar a los chicos salió del parque en una felicísimadisposición de ánimo, prueba irrecusable de que un fútil suceso bastano pocas veces para acallar los más atroces remordimientos de nuestraalma.

El bosque contiguo al parque era delicioso: una espesura casiimpenetrable formada de robles, olmos y fresnos que había dado nombre ala finca. Esta era conocida con el nombre de El Sotillo y estabasituada en las inmediaciones de Escorial de Abajo: toda ella, desde lacasa, en suave declive hasta la cañada, por donde corría un arroyo.Después ascendía de nuevo el terreno. Reynoso atravesó el bosque por unlindo y retorcido camino enarenado que él mismo había hecho construir.Al cabo de algún tiempo de marcha el bosque dejaba de ser espesurasombría, impenetrable, y se transformaba en monte ralo de olmos yencinas por cuyos grandes claros pastaban algunas vacas negras y bravascon sus chotillos al lado. El pastor le salió al encuentro. Llevose lamano a su sombrerote de fieltro y le informó con rostro alegre de queaquella misma madrugada una de las vacas había parido. El propietario seacercó con satisfacción también a la vaca que lamía al tierno chotillo,echado debajo de ella, dejando escapar débiles mugidos de amor y deorgullo. Después emprendió de nuevo su paseo.

Según caminaba, el montese hacía cada vez más ralo y más bajo: las robustas encinas setransformaban en chaparros. La naturaleza rocosa del terreno, oculta enel parque y en el bosque, se mostraba ya al descubierto. Las piedrasasomaban por todas partes. Algunas veces veíaselas desprendidas yyacentes en enormes bloques unas sobre otras en perenne equilibrio. Enla tierra que había entre ellas, ardiente y feraz, crecían innumerablesespecies de flores silvestres de formas caprichosas, de aromapenetrante.

Reynoso arrancó a puñados el tomillo, lo aspiró con voluptuosidad y selo guardó en los bolsillos.

—Rico olor el de la mejorana, ¿verdad, mi señor?—dijo una voz a suespalda.

—No es mejorana, Leandro, es salsero. ¿No ves sus florecitas?

—Verdad es. Muy rico también, muy majo; pero me gusta más la mejorana.

Leandro se había acercado. Era el anciano pastor encargado de losgrandes rebaños de ovejas que Reynoso poseía, el personaje másconsiderable de aquellos campos, grave, prudente, sentencioso. En pos deél otros tres zagalones que le ayudaban, y más tarde el pastor de lasvacas que acudía como siempre al señuelo del cigarro. Porque Reynosogustaba de pararse en compañía de sus servidores y fumar con ellos uncigarro.

—Hasta ahora no hemos disfrutado de una mañana tan templada como esta.Mirad los trigos qué verdes aún. El cierzo y la escarcha no les hadejado crecer; pero unos cuantos días como este bastarán para hacerlesganar lo perdido. No sé por qué sospecho que este año vamos a tener unaabundante trilla.

Así dijo el propietario pasando su petaca en torno. Los pastores, consus grandes sombreros de fieltro y sus medios calzones de cuero,formaban círculo. Tomaron gravemente un cigarrillo, lo pusieron en elrincón de la boca y cada cual sacó sus avíos: yesca de trapo quemado,eslabón y pedernal. Bastaría con que uno encendiese; pero se hubiesenjuzgado desairados si no se mostrase claramente que eran poseedores detodos los medios conducentes a producir el fuego. Chocaron los eslabonescontra los pedernales, saltaron las chispas, ardió la yesca y más tardelos cigarros, todo en medio de un silencio solemne como el casorequería. Se dieron algunos ansiosos chupetones, y uno de los zagalonescon inclinaciones más señaladas a la retórica dejó al cabo escapar estadeclaración inesperada:

—Me paece a mí, me paece a mí que si el tiempo no tuerce el hocico, encosa de ocho días levantarán los trigos un par de palmos más... Es undecir, mayormente.

El auditorio guardó silencio, dando tiempo para que estas notablespalabras penetrasen lenta y profundamente en su espíritu. El tío Leandrolas rebatió al fin severamente.

—Cuando se habla una cosa, Celipe, es porque se sabe. ¿Sabes tú, por unsi acaso, que han de levantar los trigos dos palmos?

—Es un decir, tío Leandro.

—Bien, pero ¿se sabe o no se sabe?

Nadie chistó. La lógica inflexible del tío Leandro pesaba como una losasobre todos los cerebros, particularmente sobre el del zagalón que tantose había aventurado en su discurso. Pero haciendo al cabo terriblesesfuerzos para levantar el enorme peso que le agobiaba, logró al finproferir, dando a su fisonomía una impresión de increíble astucia:

—Me paece a mí, tío Leandro... Yo he visto...

—Tú no has visto na—replicó el viejo pastor con un gesto de supremodesdén.

Nuevo y profundo silencio. Aquel osado Ícaro que había querido elevarsecon alas de cera, vino al suelo para no levantarse ya. La sabiduría deltío Leandro cayó sobre él y le dejó sepultado por siempre. La paz y elsilencio debidos a los que han desaparecido le acompañaron piadosamente.Se dieron algunos chupetones funerarios para honrar su memoria.

Mas he aquí que al pastor de las vacas se le ocurre resucitarlo de entrelos muertos.

—Tío Leandro, yo no diré mayormente dos palmos... pero que han decrecer ¡eh! ¡eh...! que han de crecer ¡eh! ¡eh!

Y se puso a reír bárbaramente, abriendo una boca de oreja a oreja sinque nadie le secundase.

El tío Leandro dio un profundo y amenazador chupetón al cigarro, y sedisponía a disparar una de sus granadas formidables para reducir alsilencio a aquel zángano, cuando no muy lejos de allí sonaron dos tiros.

—¿Cómo?—exclamó Reynoso levantando súbito la cabeza—.

¿Un cazadorfurtivo?

—¡Quiá!—replicó un zagal—. Es la señorita Clara. Bien tempranito pasópor aquí con los perros.

El rostro del amo se serenó, dilatándose con una sonrisa decomplacencia.

—¡Qué chica! ¡Qué chica!

Todos los rostros se volvieron hacia el sitio en que habían sonado losdisparos, expresando cordial alegría.

—¿Y para cuándo es la boda, mi amo?—se atrevió a preguntar uno.

—Allá para octubre—respondió amablemente el caballero.

El tío Leandro extendió la mano solemnemente y habló de esta manera:

—Que Dios, nuestro Señor, esparza a puñados la felicidad sobre esabuena señorita. La hemos visto nacer, la hemos visto crecer y volversemás hermosa que una azucena. Más de uno y más de dos entre nosotros lahan llevado en los brazos. No levantaba una vara del suelo y ya legustaba montar a caballo como ahora. Una tarde la bestia se le espantó yse metió ala adentro por una charca. La madre (que en gloria esté)gritaba.

Sólo yo, que estaba cerca, la oí; me planto en dos saltos a laorilla, me echo al agua, y cuando ya andaba cerca de llegarme al cuello,pude alcanzar el caballo y sujetarlo. Salimos chorreando y la niña meabrazó y me besó. Podéis creerme—

añadió volviéndose a sus compañeros—,más estimé yo aquel beso que si me hubieran puesto una onza de oro en lapalma de la mano.

—¡Está visto, hombre!—¡Pues bueno fuera!—¡Ni que decir tiene!

Así aplauden todos las nobles palabras del viejo pastor.

—Lo único que siento—prosiguió éste—es que nuestro amo se nos vaya deesta finca donde tanto dinero tiene enterrado cuando se concluya elpalacio que está fabricando, según creo, allá en el camino de la FuenteCastellana de Madrid.

—Me paece a mí, tío Leandro—dijo el imprudente Felipe—, que nuestroamo no se va de buena gana, porque aquí bien se regala... Pero como laseñora es tan amiga del lujo...

—¿Qué dices?—exclamó Reynoso levantando vivamente la cabeza yencarándose con el zagalón.

Este se puso pálido y balbució miserablemente:

—Es lo que tengo oído por ahí...

—¿A quién se lo has oído?—preguntó el caballero afectando calma, perocon el rostro contraído.

—¡Calla, zángano, calla! ¡Si eres más cerrado que un cerrojo!

¿No te davergüenza, grandísimo zote?

Todos le recriminan duramente. Reynoso un poco dulcificado le dijo:

—Ni a ti ni a nadie puedo consentir que pronuncie una palabra queredunde en desprestigio de la señora. Hasta ahora no ha hecho más quevivir con arreglo a su clase; pero aunque gastase todo el lujo que puedeostentarse en Madrid, todo sería poco para lo que ella merece...Entiéndelo tú y los que te lo hayan dicho.

—¡Bien puede usted perdonarlo, mi amo—manifestó el tío Leandro—,porque este mozo no es más que una caballería salvo el alma que es deDios y no de él...! Es que cavilo que si tarda un cuarto de hora más ennacer, nace ya con la albarda puesta... En fin, señor, que es unagrandísima bestia... No hay más que verlo.

Como nadie, ni el mismo interesado, tuvieron por conveniente oponer elmenor reparo a los extremos de este sensato discurso, todo él quedóaprobado por unanimidad. Nuestro caballero se serenó por completo.Despidiose afectuosamente y caminó de nuevo la vuelta de su casa sinvolver la cabeza atrás. Si la hubiese vuelto habría visto con cuántasolicitud los pastores seguían inculcando en el ánimo de su compañeroFelipe la idea enteramente panteística de su identidad esencial con lafamilia de los équidos.

II

FELICES ESPOSOS

Reynoso hizo una visita a su víctima y le mandó proveer de agua yalimento. Luego subió lentamente la gran escalinata de mármol y seintrodujo en el hotel. Pasó a las habitaciones de su esposa que sehallaban en el piso principal.

—¿Quién es la que está durmiendo todavía? ¿Quién es...?

¿quién?

—¡Nadie... nadie... nadie!—respondió una voz femenina de timbre claroy armonioso.

—¿No es Elena?

—¡No, no es Elena!

Y al mismo tiempo hizo irrupción en el gabinete una hermosa joven y leechó los brazos al cuello.

Era la esposa del propietario, rubia, con ojos negros; poseía un cutisnacarado. Su talle esbelto lo ocultaba un espléndido salto de cama.

—¿Para qué necesito yo salir al campo de madrugada, si el campo viene ami cuarto...? Hueles a mejorana... hueles a romero... hueles a malvarosa—decía colgada a su cuello como una niña mimosa.

Era una niña por la frescura de su rostro y por la viveza de susmovimientos, aunque ya tenía cumplidos veintidós años.

—Te equivocas; hoy no puedo oler más que a tomillo—

respondió Reynososacando el puñado que traía en el bolsillo.

—¡Milagro sería!—exclamó la joven soltando a reír y apoderándose deaquella yerba y restregando con ella la cara de su marido—. ¿Para quéhas atravesado la mar? ¿Para qué has estado tantos años trabajando ymetiendo en la hucha dinero?

Hubieras sido tan feliz aquí comiendoensaladas de pimientos, corriendo tras las ovejitas, plantandoárboles... y metiendo puñados de tomillo en los bolsillos.

—¡Bien puedes decirlo!—repuso Reynoso con franca sonrisa—. El cielome destinaba para pobre. No me agradan los alimentos de los ricos, no meagradan los colchones de pluma, no me agradan los muebles suntuosos. Unacamita blanca sin cortinas, unas sillas de rejilla, una mesa de pino, yleche y judías a pasto... ¡he aquí mi felicidad!

—Pero entonces, gran perverso—replicó la joven esposa con voz de mimoy atusándole el bigote con la punta de los dedos—, no podrías regalar atu Elena un aderezo tan hermoso como le has regalado el día de su santo,no podrías llevarla en coche, no podrías vestirla con trajes elegantes,no podrías traerle pastelitos de casa de Lhardy, ni bombones de laMahonesa.

—Ni sobreasada de Mallorca.

—¡Oh, Dios mío, cómo me gusta a mí la sobreasada...! Hoy mismo la como,aunque me haga daño... Tú te tienes la culpa por haberla mentado... ¡Ypor fin, y por fin! ¿quién le hubiera dado a Elena un hotelito en laCastellana, con un budoir tan lindo que no hay otro en todo Madrid,con su serre, con su cuarto de baño...? Mira, vamos a hablar un pocode la casa de Madrid. Voy a desayunarme aquí mismo.

Puso el dedo en el timbre, acudió un criado y no tardaron en servirlecafé con leche y picatostes en un primoroso juego de plata. Se sentódelante de una mesilla volante mientras su marido se dejó caer en undiván de raso azul bordado en blanco.

Y hablaron largamente de la casa de Madrid aún no terminada.

Reynosodaba pormenores del decorado, consultaba el asunto del mobiliario. Sumujer le pedía una cosa, y después otra y después otra para susaloncito, para su cuarto de baño mientras engullía lindamente.

—¡Elena, Elena! Que no vas a tener apetito a la hora de almorzar.

—Ya verás que sí. Déjame ser feliz.

—¿Eres feliz de verdad?

—Muchísimo... No puedo serlo más.—Y al decir esto extendió la mano asu esposo que la besó repetidas veces.

—¿Y tú lo eres también?—dijo levantándose de la silla y viniendo asentarse a su lado.

—¿Yo?—exclamó Reynoso pasándole el brazo por detrás de la cintura—.¡Yo estoy gozando de un cielo anticipado! Dios no tiene ya nada quedarme cuando me muera.

—Pues yo te digo... te digo... que eres un grandísimo embustero (y letiraba de las guías del bigote, que era al parecer su ocupación másapremiante). Porque me han dicho... me han dicho... que no te vas debuena gana a vivir a Madrid.

—Pues te han engañado.

—¿No serás tú el que me engañas...? Mira, Germán, voy a pedirte unfavor y es que me hables con toda franqueza. Sé que por condescendencia,por lo bueno que eres y por lo mucho que me quieres, serías capaz defingir que vas contento a Madrid aunque te disguste. Me parece granlocura ese disimulo. Ya sabes que me hallo bien, que soy feliz en todaspartes estando a tu lado, y que si me agrada ir a Madrid, he vividohasta ahora bien contenta en el Sotillo. En realidad, más que por mí voya Madrid por proporcionarte a ti una sociedad más escogida. Yo estoyacostumbrada a la vida de pueblo... ¡como que no he salido de él...!Pero tú, aunque goces en el campo, has viajado mucho y no puedes menosde sentir el aburrimiento de esta soledad...

Háblame, pues, francamente.¿Vas con gusto a Madrid? Pues Elena va con gusto a Madrid. ¿Prefieresquedarte en el Sotillo?

Pues Elena se queda tan ricamente en el Sotillo.

Reynoso la miró prolongadamente con ojos escrutadores.

—Está bien, hija mía; ya que quieres a todo trance que te hable confranqueza, y ya que veo que no tienes ese empeño en vivir en Madrid queyo imaginaba, te lo confesaré... No dejo el Sotillo con placer. Aquí henacido y me he criado y aquí y en todas partes donde he vivido lasoledad ha sido mi fiel compañera.

Aunque tengo un carácter sociable,según dicen, la Providencia ha querido tenerme alejado de los hombresacaso porque no sea capaz de hac