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Novelas de Voltaire

inmundicia;entró en los hospitales adonde llevaban á los heridos, que perecíancasi todos por la inhumana
negligencia de los mismos que pagaba á pesode oro el rey de Persia para que los socorriesen. ¿Son hombres
estos,exclamaba Babuco, ó son fieras? Ha, bien veo que ha de ser destruidaPersepolis.
Preocupado con esta idea pasó al campo de los Indios, donde, conformeá lo que se le habia pronosticado, le
recibiéron con tanto agasajocomo en el de los Persas, y donde presenció los mismos excesos que lehabian
llenado de horror. Ha, ha, dixo para sí, si quiere el ángelIturiel exterminar á los Persas, también tiene que
exterminar á losIndios el ángel de las Indias. Habiéndose informado luego masmenudamente de quanto en
ambos exércitos habia sucedido, supo accionesmagnánimas, generosas y humanas, que le pasmáron y le
embelesáron.Inexplicables mortales, exclamó, ¿cómo podéis juntar con tanta torpezatanta elevacion, y
tantas virtudes con tantos delitos?
Declaróse en breve la paz, y los caudillos de ambos exércitos, que porsolo su interes habian hecho verter la
sangre de tantos semejantessuyos, se fuéron á solicitar el premio á su corte respectiva, puestoque ninguno
habia ganado la victoria. Celebróse la paz en escritospúblicos que anunciaban el reyno de la virtud y de la
felicidad en latierra. Loado sea Dios, dixo Babuco; Persepolis va á ser la mansion dela mas acendrada
inocencia, y no será destruida, como querian aquellosmalditos genios: vamos sin mas tardanza á ver esta
capital del Asia.
Llegó á esta inmensa ciudad por la antigua entrada, aun sumida en labarbarie, y que inspiraba asco por su
rudo desaliño. Sentíase todaesta porcion del pueblo del tiempo en que se habia edificado; quehemos de
confesar, sea qual fuere el empeño de exâltar lo antiguo ácosta de lo moderno, que en todas cosas las
primeras pruebas siempreson toscas.
Metióse Babuco entre una muchedumbre de gentío compuesto de quanto maspuerco y mas feo en ámbos
sexôs pueda hallarse, la qual entraba á todapriesa en un obscuro y tenebroso recinto. El continuo zumbido,
elmovimiento que notaba, y el dinero que en un platillo algunas personasechaban, le dió á entender que
estaba en un público mercado; peroquando vió que muchas mugeres se hincaban de rodillas, mirando
alparecer á lo que tenian enfrente, y en realidad á los hombres de lado,echó de ver que se hallaba en un
templo. Unas voces ásperas,carrasqueñas, desentonadas y gangosas hacian que en mal articuladossonidos la
bóveda resonara, parecidas á la voz de los animalescerdudos que en las llanuras de la Mancha responden al
corvo y agudoinstrumento que los llama. Tapábase los oídos; mas tuvo luego quetaparse ojos y narices,
quando vió que entraban en el templo unoszafios con palas y azadones. Levantaron estos una ancha
piedra;tiráron á mano derecha y á mano izquierda una tierra que exhalaba unhedor intolerable; pusieron
luego un muerto en el hueco que habíanhecho, y volviéron á sentar la piedra. ¡Con que entierran
estasgentes, exclamó Babuco, á sus muertos en los sitios mismos dondeadoran la divinidad! ¡con que estan
empedrados con cadáveres sustemplos! Ya no me espanto de las pestilenciales dolencias que contanta
freqüencia afligen á Persepolis; capaz es de envenenar todo elglobo terraqüeo la podredumbre de tantos
muertos y de tantos vivosapeñuscados en un mismo sitio. ¡Ha, qué sucio pueblo es Persepolis!Sin duda que
la quieren destruir los ángeles, para edificar otraCiudad mas hermosa, y poblarla de gentes mas aseadas, y
que mejorcanten: la Providencia sabe lo que se hace; no nos metamos en quitarlesu idea.
Acercábase ya el sol á la mitad de su carrera, y tenia Babuco que ir ácomer al otro extremo del pueblo, á
casa de una dama para quien lehabia dado carta de recomendacion su marido que era oficial en elexército.
Anduvo por mil y mil calles de Persepolis; vió otros templosmas bien adornados, adonde concurria gente
mas culta, y donde se oíauna harmónica música; reparó en fuentes públicas, que aunquedefectuosas hacian
maravilloso efecto; vió frescas y amenas calles deárboles, jardines donde se respiraban los mas exquisitos
olores, y sevían reunidas plantas de los mas remotos pueblos. Maravillóse al vermagníficos puentes, puesto
que estaban destinados á pasar un arroyueloque sin mojarse los piés se vadea las quatro quintas partes del
año;pasó por calles anchas y magníficas, llenas de palacios á una y otraacera, y entró por fin en casa de la
dama que con una sociedad depersonas decentes le esperaba á comer. Estaba su casa limpia y
bienadornada; la señora era moza, hermosa, discreta y cortés, y lasociedad amable; y decia Babuco entre sí:
Sin duda que habia perdidoel juicio el ángel Ituriel, quando queria destruir una ciudad tancumplida. Mas
advirtió muy breve que la señora, que al principio lehabia pedido amorosamente nuevas de su marido, al fin
de la comidahablaba mas amorosamente á un mago mozo. Luego vió que un magistradodelante de su
propia muger hacia mil halagos á una viuda, la qualestrechaba con una mano el cuello del magistrado, y
daba la otra á unmozo muy lindo y modesto. La primera que se levantó de la mesa fué lamuger del
magistrado, que se encerró en un gabinete inmediato paraconferenciar con su director de almas, hombre
eloqüentísimo, que contal energía hubo de discurrir con ella, que volvió abochornado elrostro,
humedecidos los ojos, la voz trémula, y los pasos vacilantes.
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