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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

previo aviso de que llegaban fuerzas muy superiores, escapar atoda persecución, refugiándose en
las entrañas de la serranía.
Confiado en esto, Morsamor hacía en el palacio larga parada, aguardandola vuelta de
Tiburcio.
Era alta noche. Morsamor reposaba al lado de Urbási en la repuestaalcoba. La tenue luz de
una lámpara, que ardía en vaso de diáfanaporcelana, iluminaba suavemente el hermoso rostro y
las gallardas yjuveniles formas de la mujer dormida.
Morsamor se despertó y se puso a contemplarla extasiado. No acertando areprimir su
admiración amorosa, se acercó con lentitud y cuidado, paraque ella no despertase e imprimió dos
tiernos besos sobre los párpados ylargas pestañas de sus cerrados ojos. Aunque el toque de los
labios deMorsamor fue delicadísimo, sacudida Urbási como por una conmocióneléctrica, volvió
en su acuerdo, abrió los ojos, llenos de dulzura, miróa su amante esposo y le estrechó
afectuosamente en sus desnudos yblancos brazos. La felicidad y la vehemencia del amor de
ambos, no hubopalabra articulada con que pudiera expresarse en aquel punto.
Después, sostenida en el brazo derecho de Morsamor y reclinada en suhombro, tras no breve
pausa de silencio y reposo, Urbási con lánguida yentrecortada voz, dijo a Morsamor casi al oído:
—No; este amor invencible, fuerte, gigante, inmenso, no ha podido naceren mí, ni ha nacido
de súbito. Antes de conocerte yo te presentía y teamaba. Al verte por vez primera, recordé tu
rostro y columbré susemejanza en la nebulosa lejanía de tiempos pasados.
Reminiscenciasconfusas de una vida anterior se despertaron en mi alma. En tierras muyremotas,
nacida yo en humilde, en casi vil condición, te había amado yhabía sido tuya. ¡Tú te
avergonzabas de mí, cruel! Tú me abandonaste.Morir fue mi sino, pero no quise morir
desesperada. Entregué mi alma aSmara, dios del amor, y él me hizo en pago la promesa de
poseerte denuevo: de hacerme renacer, rica, noble y venerada para que no teavergonzases de mí
y mil veces más hermosa para que me amases mil vecesmás que hasta entonces me habías
amado. Dime, Morsamor, ¿no es ciertoque Smara ha cumplido su promesa?
Al oír Morsamor las palabras de Urbási, retrajo a su memoria la imagende Beatricica y pensó
tenerla allí presente y que ella le encadenabaentre sus brazos y le besaba y le acariciaba. Como si
hiriesen otra vezsus oídos, percibió las palabras de la vieja gitana que le dijo enSevilla la
buenaventura. Los cabellos de Morsamor se erizaron deespanto. A pesar del contacto íntimo y
delicioso de su prenda querida, apesar del tibio y grato mador de aquella piel, cuya tersura,
suavidad yfragancia envidiarían los pétalos de la magnolia y de la flor del loto,Morsamor sintió
el frío de la calentura y se santiguó maquinalmente.Entonces recordó con horror que era católico
cristiano, aunque apóstatay réprobo.
En aquel momento sonaron fuera de la alcoba voces, precipitados pasos,ruido de armas y
rechinar de puertas.
Aquella sensación, que avisaba a Miguel de Zuheros un peligro presente yreal, disipó de su
espíritu las sombrías imaginaciones, que sin duda unamuy natural coincidencia había creado.
Natural era que Urbási, bajo elinflujo de las creencias religiosas, propias de su nación y de su
casta,se diese a entender que había transmigrado su alma, que en otras vidashabía amado a
Morsamor, y que más tarde había renacido para volver aamarle.
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