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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

La selva parecía interminable y desierta. Los fugitivos no hallaron enella criatura humana.
Al cabo llegaron a un ancho espacio, casi despejado de árboles, y encuyo centro se alzaba un
grande edificio de extraña arquitectura,palacio, fortaleza o tal vez abandonado asilo de
anacoretas penitentes.Los peregrinos le visitaron y reconocieron, hallando que en él no
vivíanadie.
Morsamor resolvió parar allí, reposar y hacerse fuerte, si por acaso ledescubrían y sorprendían
sus enemigos en aquel misterioso retiro.
Sólo Tiburcio de Simahonda, con cuatro soldados que le escoltasen, todosen buenos y ligeros
caballos, debía seguir adelante, como explorador,para ver si hallaba no muy largo y seguro
camino por donde todospudiesen ir a la corte del gran monarca de los mongoles, Babur, si
estehabía apaciguado ya sus dominios, si se hallaba en alguna ciudad menosdistante que la
remota Samarcanda, y si concedía su favor y la esperanzade una recepción amistosa.
La gente de Morsamor estaba cansadísima. Y Urbási, rendida por la fatigay emociones
violentas, necesitaba para reponerse tranquilidad y reposo.
En el desierto edificio había muchas estancias separadas y capaces, peromuy pocos y antiguos
muebles, rotos o desvencijados. Por dicha, lasmulas traían de repuesto cuanto era conveniente
para hacer agradableaquella vivienda.
En el patio del edificio manaba agua abundante y clara de una hermosafuente. Y cerca de ella
había en amplio sótano una alberca para bañarse.
En el edificio no había provisiones de boca, pero la caravana distabamucho de haber
consumido las que sacó de Benarés, y en la selva ademásabundaban los cocoteros, los plátanos,
los mangos, las palmeras, losnaranjos, los limoneros y otros árboles cargados de fruta. Y
todosaquellos contornos convidaban con fácil y riquísimo éxito a la caza y ala pesca.
Alabando, pues, al cielo, que por lo pronto tan buen refugio le ofrecía,Morsamor se instaló
con su gente en el abandonado edificio que se alzabaen el centro de la intrincada y vastísima
selva.
-XXVII-
El edificio estaba casi al pie de muy altos montes. La ingentecordillera del Himalaya se erguía
cerca de él, extendiéndose a un lado ya otro. Las cumbres, que se alzaban en el aire a millares de
codos,estaban cubiertas de hielo perpetuo y de cándida nieve, que heridos porlos rayos del sol,
vertían destellos radiantes y hacían más bella latemplada y apacible llanura en que se hallaba el
palacio, bañándolotodo, a la hora del crepúsculo, en mágicos reflejos.
Morsamor había enviado esculcas y puesto atalayas, que debían renovarsecon frecuencia y
vigilar de continuo para avisar la llegada de cualquierenemigo y evitar una sorpresa. El terreno
quebrado y áspero y losintrincados y revueltos desfiladeros estaban tan próximos, que erafácil,
 
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