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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

Muchos días, fugitivo de Balarán, caminó Morsamor con su dulcecompañera. Dejándose
persuadir por Narada, había creído en ellevantamiento general de toda la India, en favor del
predominiobrahmánico, y no juzgó prudente ni seguro tratar de volver a Goa, nidirigirse a otro
lugar que no estuviese fuera de los límites de laIndia.
En grandes barcas que de antemano contrató Narada, Morsamor había pasadoel Ganges, y
había ido hacia el nordeste, esquivando los sitiospoblados.
Con él iban, todos a caballo, Tiburcio y los sesenta valientes devotos asu persona. En ligero
palanquín que veinte robustos negros sostenían yllevaban turnando, iba la bella Urbási, asistida
sólo por su siervafavorita Rohini. Completaban la caravana treinta poderosas mulas,alquiladas a
dos ricos banianes en quienes Narada fiaba mucho y que sehabían comprometido a ir a donde se
les mandase, cuidando y guiando lasmulas con el auxilio de cinco hábiles naires. Las mulas
llevaban a lomoel espléndido equipaje de Urbási, abundancia de víveres, cuanto serequiere para
desplegar tiendas en el campo y otros objetos útiles a lacomodidad y regalo de los ilustres
viajeros y al alivio de sus fatigas.
Harto presentía Morsamor que el Brahmatma, con gran golpe de gente deguerra, había salido
a perseguirle, aunque no había podido hastaentonces darle alcance por la mucha delantera que
Morsamor y los suyoshabían tomado.
Sin tropiezo vi encuentro alguno desagradable, llegaron los que huían auna vastísima e
intrincada selva, resplandeciente de lozana pompa yflorida verdura.
La frondosidad era tan densa por algunos puntos, que era menesterabrirse paso rompiendo y
destrozando con la segur los enormes bejucos ydemás plantas enredaderas que, formando
festones y guirnaldas, pendían yse entrelazaban de unos árboles en otros. Las alimañas esquivas
yferoces huían a la aproximación de la hueste, pero no faltaban seresanimados, más mansos y
menos recelosos del hombre, que apenas seapartaban al sentirle llegar, y hasta que se
adelantaban y mostrabancomo si acudiesen a darle la bienvenida. A veces, con alegre
desentono,graznaban los pavos reales, desplegando la brillante rueda de suspintadas plumas.
Zumbaban las abejas que en los huecos de añosos árboleslabraban sus panales. Las libélulas y
las mariposas de los más nítidoscolores y variados matices poblaban y esmaltaban el ambiente.
Laabundancia de hojas en lo más alto de las plantas formaba verde toldo,por el cual se filtraba
tamizada y tenue la lumbre solar, mitigando susardores y formando caprichosos cambiantes de
refulgente claridad y desombra apacible. El kokila y otras aves cantoras entonaban sus trinosy
gorjeos. Un vientecillo suave que apenas movía los más tiernos tallosy renuevos, esparcía con
sus alas el grato aroma de las flores,trasladaba a larga distancia las aladas semillas y llevaba de
unoscálices a otros el polen fecundante. Arroyuelos de agua cristalinacorrían serpenteando y
murmurando por el somero cauce que naturalmentehabían abierto, y en cuyas márgenes crecían
violetas, rosas silvestres ymil hierbas de olor. No bien empezaba a anochecer discurrían por el
aireen multitud sin cuento las luciérnagas, como brillantes joyas con quebordaba allí su manto la
primavera.
Tan amenos eran aquellos lugares que, embelesados Morsamor y los suyos,olvidaban casi el
peligro que corrían.
Continuaban, no obstante, su peregrinación, aunque a la aventura y sinsaber a punto fijo en
dónde podrían refugiarse para escapar o paradefenderse de sus perseguidores.
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