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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

ycuatro artes de amor y deleite, que constituyen la padmini o hembrahumana de mérito supremo,
es casta, inocente e inmaculada virgen, así enel sentir y en el pensar como de hecho. No; el claro
y abundantemanantial de amorosas venturas, el tesoro de hechizos, el cáliz colmadode licor de
celestial bienandanza, que con el auxilio de los dioses ellaha creado y en sí tiene, no puede ni
debe tocar a labios impuros,apagando su sed, ni puede ser entregado para que le goce y profane
aquien no sobresalga entre el vulgo de los mortales con eminenciadesmedida.
—¿Es posible—interpuso Morsamor, con cierto despecho—que ella, encuyas encarecidas
alabanzas te quedas corto, se complazca tanto en supropio valer, le tome por objeto de culto y se
haga incapaz de amar aotro ser humano? Yo que la amo, yo que la adoro, ¿he de perder
laesperanza de ser correspondido?
—Urge que lo sepas todo—replicó Narada—. No hay vagar para rodeos nidisimulos. Urbási,
desde que llegó a ser núbil, se sintió atormentadapor amor sin objeto; pero no sin objeto, sino por
objeto a su verimaginario, que columbraba su mente en la vaga penumbra de confusosrecuerdos,
en las casi borradas impresiones que anteriores existenciasacaso han dejado en el alma. El ser
que Urbási fingía, recordaba ocreaba, (¿por qué no confesártelo, si ella lo confiesa?) se parecía a
ti¡oh venturoso Miguel de Zuheros! Antes de que te viese, Urbási te amaba.Te vio, y tú fuiste su
salvador. En el día, Urbási te idolatra. Ellacree que los cisnes de alas de oro, fatídicos nuncios
del destino,vinieron a pronosticar su amor por ti y tu amor por ella, comopronosticaron a
Damayanti que Nal debía ser su enamorado esposo. YUrbási, no menos enamorada que
Damayanti, desdeñaría por ti, no sólo aBalarán, sino a Indra, a Varuna y a los demás dioses, que
desde elBaikounta bajasen a pretenderla. Por ti se siente Urbási capaz de losmayores sacrificios.
Por seguirte lo abandonaría todo, e imitando aSavitri fiel consorte de Satyavat, acosaría sin
temor a Yama, dios de lamuerte, para sacarte de entre sus manos, como tú la sacaste a ella,
yestrecharte luego apasionadamente en sus hermosos brazos.
Al oír a Narada, el corazón de Morsamor latía y saltaba agitadísimo porjúbilo inefable.
Morsamor se echó a los pies de Narada para mostrar sugratitud besándolos. Narada le alzó, le
abrazó y se despidió de él,designando el momento en que volvería para llevarle donde Urbási
estaba.
-XXV-
En una quinta, a corta distancia de la ciudad, secretamente estaba tododispuesto para la boda
que había de ser clandestina, sin festín para losconvidados, sin baile y sin música. No por eso
dejaba de estar revestidode costosos tapices y de otros raros adornos, el salón donde se elevabael
pandal, estrado o sitio consagrado a la ceremonia.
En compañía de Narada, Morsamor entró allí primero. Llevaba el viejobrahmán vestimenta
litúrgica de escarlata, sobre cuyo fondo carmesí sedestacaba la barba blanquísima y luenga.
Morsamor, ataviado con esmero yelegancia, parecía más joven y más gentil que nunca. De su
cinto,bordado de oro, pendían la espada, la daga y la primorosa escarcela;coleto de finísimo ante,
lleno de prolijas labores, cubría su pecho ysus espaldas. Las mangas acuchilladas, así como los
gregüescos eran deblanco raso. La calza muy ceñida, de elástico punto de seda, hacía
queluciesen las bien modeladas formas de sus ágiles piernas musculosas apar que enjutas. Muy
 
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