Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

que tenía él lasagrada dignidad de su persona. ¿Cómo sufrir, pues, el oprobio de caervivo entre
las manos inmundas de aquel vil populacho?
Inevitable era la muerte y convenía aceptarla con valor y recibirlacuanto antes.
Los clamores de la turba, que oía cerca de sí, se diría que le excitabana tomar la tremenda
resolución. No podía ya morir peleando y matando,pero podía y debía morir en seguida antes de
caer en infamantecautiverio.
Abdul ben Hixen ya pidió con ruegos, ya ordenó con furia que le matasena los cuatro soldados
fieles que estaban cerca de él, al médicoimpasible y al jefe de los eunucos que le miraba lleno de
asombro ytemblaba como un azogado.
El profundo respeto que el rey infundía no consintió que ninguno de suscuatro guardias
cumpliese sus órdenes ni accediese a sus ruegos.
—Carecéis de valor—dijo entonces—para ser misericordiosos conmigo. Yosupliré el valor
que os falta. Así os daré ejemplo para que os mostréisdignos de mí, para que impidáis que caigan
vivas mis mujeres en poder deesa canalla infame, para que no insulten mi cadáver y para que
todo, sies posible, sea presa de las llamas.
Sin oír ni aguardar contestación alguna, Abdul ben Hixen desenvainó conrapidez el acicalado
yatagán de doble filo que de rico talabarte lependía, fijó en el suelo la costosa empuñadura,
cuajada de diamantes yesmeraldas, y poniéndose en el pecho la agudísima punta, se
arrojóencima con tal ímpetu que se traspasó y destrozó las entrañas con laancha hoja, quedando
muerto en el acto.
El astuto médico, con previsora serenidad y sin ninguna gana de acabartambién trágicamente,
desapareció como por ensalmo, yéndose por el ladoopuesto al harén y escondiéndose donde
pudo. Oportunísima fue la fuga.El entusiasmo heroico y destructor de los cuatro eunucos rayó en
delirioy no tuvo límites al ver muerto y en medio de una charca de sangre a suquerido y augusto
amo.
Se creyeron en la obligación de matar y de incendiar y era menestercumplir con ella.
El jefe de los eunucos la facilitó por lo que a él tocaba. El espanto lesobrecogió de tal suerte,
que, desfigurado su rugoso y pálido rostro porhorrible mueca, torcida y muy abierta la boca
como para exhalar a escapeel último aliento, desencajados los ojos y dilatadas las pupilas,
sedesplomó sin vida en el suelo.
Los eunucos hacinaron telas, papeles, muebles, cuantos objetosconsideraron más
combustibles, alzándolos en montón contra la pared dela espléndida sala, cubierta de sedas del
Catay y de chales y tapices deCachemira, y cuya artesonada techumbre era de nácar, concha,
sándalo,cedro y otras preciosas maderas que en delicados embutidos y en lindataracea se
combinaban.
Con destiladas quintas esencias, con ungüentos y aceites aromáticos, concuanto pudieron
hallar a mano a propósito para que prendiese el fuego yse propagase, rociaron los eunucos el
montón de objetos, la tapicería dela pared y hasta el mismo techo. Encendieron fuego en
seguida, leaplicaron a papeles y a trapos que había en la base del montón, y muypronto con feroz
Remove