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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

mosquetes, puestos sobre firmeshorquillas y previamente cargados. Los mosqueteros
encendieron lasmechas valiéndose del eslabón y el pedernal que en los esquerosllevaban.
Abdul ben Hixen se alzó con sobresalto de su lecho, se vistió, se armó yse dispuso al combate.
Por dicha para Morsamor, casi en el mismo punto se oyó la señal queesperaba: era el sonido
de las trompetas, avisando la sublevación de laciudad, donde la plebe amotinada combatía ya e
iba venciendo a losmusulmanes.
La señal inspiró a Morsamor ánimo y confianza, pero era indispensablevencer en la fortaleza
para obtener el triunfo. Si el sultán vencía ycaía con su tropa sobre el pueblo, todo estaba
perdido.
Las bombardas y falconetes que guarnecían la muralla, aunque puestossobre rudos
encabalgamientos o cureñas, y nada apropósito para que lapuntería fuese certera, podían barrer la
turba de amotinados que searrojase al asalto de la fortaleza, circundada de foso profundo.
El sultán hubiera podido también lanzar contra la ciudad la caballeríaselecta de los guardias de
su persona, que eran cerca de doscientos, yocho terribles elefantes para la pelea y dirigidos por
hábiles cornacasnegros.
Esto fue lo primero que logró evitarse merced a un dichoso golpe demano. A las órdenes de
Tiburcio, Morsamor destacó cien hombres de losmás audaces, que con astucia diabólica lograron
penetrar en el apartadoedificio donde se guarecían caballos, elefantes, cornacas y
guardias.Ningún aviso había llegado hasta allí. Sin sospecha ni recelo, dormíantodos. Y si bien
acudieron a las armas y procuraron defenderse, fue contal aturdimiento y desorden, que les valió
de poco. Con escasa pérdidade la gente que Tiburcio capitaneaba, muchos de los guardias
fueronmuertos. Otros se rindieron, depusieron las armas y se dejaron encerrar.Los caballos y los
elefantes cayeron también en poder de la gente deMorsamor y quedaron custodiados en los
establos, cobertizos y anchoscorrales en que estaban. Todo esto, no obstante, no le consiguió
sinprolongada lucha. Tiburcio y su gente no pudieron, pues, acudir enauxilio de Morsamor,
empeñado en no menos ardua empresa, que lascircunstancias hicieron harto más difícil.
Aunque eran pocos los mosquetes, que podían dirigirse para dentro delparque, por donde no
se preveía ataque alguno, y aunque estabanmanejados por mosqueteros torpes, sin conocimiento
práctico de aquellasarmas, todavía hicieron algunos disparos sobre los guerreros deMorsamor,
causándole cerca de treinta bajas entre muertos y heridos.
Lejos de arredrarse con esto, el denuedo de Morsamor y de los suyoscreció con la cólera y con
el deseo de venganza.
En una salida que el sultán hizo del alcázar con la gente que teníacerca de sí, el sultán fue
rechazado y tuvo que hacer cerrar rápidamentela puerta para que los enemigos no penetrasen en
pos de él dentro delalcázar.
Aprovechó Morsamor aquella retirada y el desaliento que había infundidoen la guarnición que
estaba fuera defendiendo el parque, para caer contodos los suyos, en buen orden y con embestida
furiosa, sobre la genteque defendía la puerta de la fortaleza que daba a la ciudad y en la quehabía
alzado un firme y ancho puente levadizo que hacía practicable elhondo foso.
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