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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

Olimpia le había prendido.Al contrario, Morsamor había esquivado cuantos placeres Goa
brindaba, yhabía mostrado singular repugnancia y disgusto hacia todas aquellascantoras y
bailarinas, como si recobrasen fuerza sus votos y renacieseen su espíritu la desatendida severidad
del claustro. Las bayaderas dela India, sobre todo, le inspiraban horror. No sólo para alcanzar
lostriunfos que se prometía, sino también para dejar de ver a lasbayaderas, Morsamor anhelaba
impaciente salir de Goa. Muy pronto secumplió su anhelo; pero antes, movido por sentimientos
que llenaban suespíritu, que le atormentaban y que acabaron por desbordarse, hizo aTiburcio,
que sobre todo le interrogaba, confidencias que jamás a nadiehabía hecho y que en cifra
declararemos aquí.
—Un recuerdo penosísimo—dijo Morsamor—se despierta en mí al ver ladanza de las
bayaderas y evoca un espectro que dormía desde hace mediosiglo en los abismos de mi
memoria, espectro que aparece ante miconciencia, afligiéndola y atormentándola. Fue en mi
primera juventud,en la magnífica feria de Medina del Campo. Allí vi y conocí a Beatriz: ala
única mujer que de veras me ha amado.
Tiburcio quiso contradecir a Morsamor en este punto, suponiendo que lehabía amado también
donna Olimpia, y hasta que doña Sol había estado apunto de amarle y tal vez le hubiera amado a
insistir él con firmeza ensus pretensiones.
Morsamor no aceptó la lisonja. Harto probaban que lo era el frío desdéncon que le despidió
doña Sol y la traidora fuga de la italiana.
—Sí—prosiguió Miguel de Zuheros—, Beatriz es la única mujer que me haamado. No era
como doña Sol ninguna ilustre y orgullosa dama, nisiquiera, como donna Olimpia célebre daifa
de alto precio; era unahumilde muchacha, nacida y criada entre gente abyecta, sin patria y
sinhogar; hija de una raza maldita y vagabunda, que no hacía muchos años sehabía difundido por
toda Europa y al fin penetrado en España.Ignorábanse su origen y su procedencia. Ahora, cuando
contemplo a lasbayaderas, me explico de dónde aquella raza procede. Fue de seguro unpueblo de
la India que, huyendo de los estragos que causó Timur, yaguijoneado por el miedo, llegó hasta
los confines occidentales deEuropa. A una tribu de este pueblo, a un errante aduar de
gitanos,pertenecía Beatriz. Era como flor que brota en el cieno. Era como perlaque se esconde en
un muladar. Ella me amó con el fervor y la ternura quehubiera yo querido hallar para mí en el
corazón de alguna gran señora ode alguna princesa. Y yo gocé mal de aquel amor sin llegar
acomprenderle, y le desprecié y me harté de él después de haberle gozado.La plebeya ruindad de
mi enamorada trocó mi afecto y mi gratitud envergüenza. Abandonada Beatriz por mí, murió a
poco trágica ymisteriosamente. No falté yo a ninguna promesa, porque nada habíaprometido.
Fueron, no obstante, enormes mi pena y mi remordimiento. Ymás aún, cuando, poco tiempo
después, tuve un raro encuentro en Sevilla.Pasando un día entre la Catedral y el Alcázar se me
acercó una vieja ydesarrapada gitana y se empeñó tan obstinadamente en decirme
labuenaventura que no supe negarme a su ruego y le entregué mi mano paraque la examinase. La
vieja gitana me dijo:
—En buena hora naciste, gallardo y gentil caballero, si la ambiciónsatisfecha basta para
hacerte dichoso. Las rayas de tu mano me revelanque ha de favorecerte la fortuna, que has de
sobrenadar como el aceite,que has de llevarte a la gente de calle, y que has de dominar en
elmundo. Pero tu amor se trocará en ponzoña y muerte. Tus amorosas miradasseguirán aojando y
marchitando los corazones como (y aquí bajó la voz lavieja gitana haciéndola casi
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