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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

descubierto, eran como parte dela hueste que se había extraviado en el camino y que no sólo
habíadesistido de la empresa sino que la habían olvidado. Por el contrario,los pueblos que los
portugueses habían vuelto a visitar en el Oriente,abriéndose camino por los mares, se diría que,
embelesados en el regaloy deleite de encantados jardines y orgullosos de su primitivo saber ydel
rico florecimiento de la antigua cultura, permanecían aún parados einertes. Misión providencial
de los hijos de Iberia era sin duda sacar alos unos de la abyecta postración en que habían caído y
despertar a losotros del sueño secular, del profundísimo letargo en que estaban.
Esta parte de la misión parecía especialmente confiada a losportugueses. Habían, como el
gentil caballero del antiguo cuento dehadas, venciendo mil obstáculos y dificultades, penetrado
en losdeliciosos jardines y luego en el encantado palacio donde, desde hacíamuchos siglos, la
hermosísima princesa estaba dormida.
El modo que los portugueses emplearon para despertarla del sueño, no fuea la verdad tan
dulce y tan delicado como el del cuento; pero larealidad tiene sus impurezas y aquellos tiempos
eran más rudos que losde ahora. Valga esto para disculpa de los portugueses.
Como quiera que ello sea, ya las noticias de nuestros triunfos enItalia, ya las vagas y confusas
narraciones de los descubrimientos quehacia el Occidente hacían los castellanos de grandes y
fértiles islas yde un dilatado continente, habitado todo por tribus salvajes y decaídasque no
habían llegado o que habían retrocedido hasta el extremo de notener animales domésticos, de no
ser pastores, de vivir en un estado dehumanidad más rudimentario que el de los pueblos errantes
de Asia y deÁfrica, ya las expediciones, victorias y conquistas de Portugal en laIndia, que
renovaban o eclipsaban las glorias fabulosas del DiosDitirambo y las hazañas y empresas reales
del Macedón Alejandro y queobscurecían las leyendas de los siglos medios, todo entusiasmaba
ysolevantaba a Fray Miguel de Zuheros; pero lo que más le seducía, lo queejercía fascinador
influjo en su ánimo y le atraía poderosamente, era eléxito de los portugueses en la India.
Acostumbrado Fray Miguel a disimular sus emociones, a no confiarse anadie y a no desahogar
confesándolo lo que tenía en su pecho, nomostraba en lo exterior ni para cuantos le rodeaban
alteración nicambio.
Como además fijaba poco la atención y todos le tenían por persona menosnotable de lo que
era, nadie advertía el cambio imperceptible y lentoque en él se había realizado. Fray Miguel
estaba más retraído ysilencioso que nunca. De sus labios no brotaban sino las
indispensablespalabras que la necesidad o la cortesía nos obligan a pronunciar en lavida diaria, y
no sonaba su voz en más largos discursos que los de lasdevotas oraciones que rezaba en el coro.
-III-
En contraposición a la insignificancia y obscuridad de Fray Miguel,había en el mismo
convento otro fraile cuya fama y alta reputación desabio se extendían por toda la Península y aun
trascendían a Italia y aotras naciones. Se llamaba este fraile el Padre Ambrosio de Utrera.
Nohabía disciplina ni facultad en que no se le proclamase maestro. Eragran humanista, diestro y
sutil en las controversias, teólogo yjurisconsulto, y muy versado en el estudio de los seres que
componen elmundo visible. Se suponía que de magia natural, astrología y alquimiasabía cuanto
 
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