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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

Nadie podía acusarle de que murmurase, pero harto se notaba, a pesar desu disimulo, que el
señor Vandenpeereboom aguantaba con repugnancia lapresencia a bordo de las dos aventureras
y el jaleo continuo que allíarmaban. Como quiera que fuese, y sin más novedad ni disgusto, la
navede Morsamor llegó al fin al puerto de Melinda.
La ciudad de este nombre era entonces populosa y estaba floreciente yrica. Era hijo su rey del
que tan cortés y lealmente recibió a Vasco deGama y le proporcionó piloto para llegar a Calecut
con menos peligro.
Feridún se llamaba el rey nuevo, joven todavía, gallardo y muy agraciadode rostro. Tenía un
hermano menor, llamado Rustán, a quien estimaba yquería tanto que casi compartía con él su
trono. Y no debe extrañarseque tuviesen estos príncipes nombres propios de los antiguos persas
oiranios, porque era más blancos que morenos, y pretendían descender, asícomo la más ilustre
nobleza del reino, de gente venida del Irán.Asegurábase que la ciudad de Chiraz y el fértil
territorio que la rodeahabían sido la cuna de los antiguos emigrantes. Y asegurábase, porúltimo,
que estos habían abandonado la madre patria, llegando a laremota costa de África y fundando
allí una colonia, expulsados por eltremendo conquistador Temugín, alias Gengis Khan,
emperador de lostártaros mongoles.
Causa de la expulsión o más bien de la fuga para sustraerse a unatiránica intolerancia, había
sido la refinada cultura de aquellospersas, y el modo incompleto y libre con que se llamaban
mahometanos. Laantigua religión de la luz increada vivía en sus almas sobrepuesta alislamismo.
Zoroastro valía para ellos más que Mahoma, como anterior ysuperior en la serie de los profetas.
Las tradiciones patrióticassostenían y fomentaban en la mente de ellos la fe en los dogmas
delAvesta y del Bundehesch, libros sagrados que tal vez ya no poseíanni conocían. La poesía
maravillosa, tan floreciente en el reinado deMahamud de Gazna el Grande, había hecho que
resurgiesen aquellas ideas yaquellos sentimientos en los espíritus y en los corazones. Dicen
lashistorias que aquel rey glorioso tuvo muy regalados y agasajados en sucorte, para mayor
ostentación y brillo, a más de cuatrocientos poetas:cosa que aturde y pasma, sobre todo en el día,
cuando críticos tanjuiciosos e ilustrados como Clarín apenas conceden que tengamos enEspaña
dos y medio. Lo cierto es que entonces se escribieron en Persialindísimos poemas descollando
sobre todos el colosal de Firdusi,titulado Libro de los Reyes. En él renacen y viven idealmente
lasglorias del Irán y sus seculares luchas, en defensa y para difusión dela luz, contra los turaníes,
propugnadores de las tinieblas. El reyMahamud gustó tanto de la obra de Firdusi que pensó en
darle por ellatodo el oro que pudiese sostener y llevar como carga el más gigantesco ypoderoso
de sus elefantes. No llegó el rey, por malquerencia y chismesde sus cortesanos, a premiar tan
generosamente al poeta, pero consta quele envió a Tus, lugar de su nacimiento, donde él estaba
retirado, unregalo casi equivalente, si bien fue ya tarde, porque le llevaban aenterrar cuando
entraron en Tus los que dicho regalo traían.
No fue sólo la epopeya la que pervirtió la ortodoxia muslímica de loshabitantes de Chiraz y de
toda su comarca, sino también los cuentos ynovelas que después se escribieron, los tratados de
filosofía moralharto poco severa, y más que nada, la poesía lírica, consagrada aensalzar el vino,
los amores y toda clase de deleites. Mal podíanavenirse con el Corán las sentencias y los versos
del Gulistán, deSadí y los voluptuosos madrigales de Hafiz que él titulaba Gacelas.
Todavía, por último, se corrompieron más las creencias y las costumbrescon un misticismo
que después se puso de moda, merced a muy eminentesescritores. Era el tal misticismo todo lo
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