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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

Cualquiera pensará que, en medio de tanto deleite, Morsamor estabacontento. Mucho distaba,
no obstante, de ser así. En cierto modo puedebien afirmarse que Morsamor se hallaba cada día
más prendado de donnaOlimpia. El apasionado mirar de sus ojos glaucos le fascinaba;
leencantaban su discreta conversación y su apacible trato; y de continuoprestaba pábulo a la
encendida llama de sus afectos la presencia deaquella mujer dechado de elegancia y de
majestuosa hermosura. Entoncesse creía ligado a ella para siempre por invencible hechizo.
Entoncespresumía que ella era su bien, que la amaba y que no podía vivir sinella.
En la mente y en el corazón humanos hay un mar tempestuoso de ideas y desentimientos que
se combaten. Así eran el corazón y la mente deMorsamor. Y cuando no los subyugaba ni los
rendía el influjo encantadorde la aventurera italiana, acudían en tropel a atormentarlos mil
amargascavilaciones que le herían y emponzoñaban el alma y sacaban a su rostroel color rojo de
la vergüenza. ¿Qué héroe de tan ruin condición era élcuando tal dama llevaba consigo? Si
hubiese robado a doña Sol deQuiñones, y a despecho de la Reina y de todo el mundo, la tuviese
abordo, el caso, aunque pecaminoso, sería digno de él; pero llevar adonna Olimpia, que lo
mismo se hubiera ido acaso con otro cualquiera,era triunfo tan miserable, que, en vez de
lisonjear su amor propio, lelastimaba y abatía.
Hasta el indisputable mérito de donna Olimpia, su talento, su belleza yla fuerza misteriosa que
había en todo su ser para dominar y cautivar acuantos la veían y trataban, si bien complacían a
Morsamor cuandopensaba que era suyo aquel tesoro, le ofendían más a menudo alconsiderar que
su brillo atraía las miradas, la voluntad y la admiraciónde las gentes, y a él le dejaba obscurecido
y como eclipsado.
Algunas bromas de Tiburcio, dichas sin duda irreflexivamente y parareír, ofendían y herían a
Morsamor en lo íntimo de su conciencia y leponían de un humor de todos los diablos. Cuando
Morsamor le abría sucorazón a Tiburcio y le confiaba parte de sus pesares, Tiburcio, con
elpropósito de despojar de gravedad el asunto, le decía burlando:
—En verdad que tiene sus contras el poseer tan gentiles enamoradas ytan famosas amigas
como la mía y la tuya. Debemos, con todo,conformarnos y hasta convertir el inconveniente en
estímulo. Voy aexplicarme mejor. El marido o el amante de una mujer muy bella, sabia oilustre,
queda mil veces peor que en la obscuridad si él es uncualquiera. En la obscuridad nadie le
recordaría ni le nombraría,mientras que, en el caso que supongo gozaría, o mejor dicho padecería
deridícula e indeleble fama. En todo el mundo sería conocido por su mujero por su amiga y no le
llamarían Fulano ni Mengano, sino el de Mengana oel de Fulana. No floja contrariedad es esta,
pero bien puedes túsobreponerte a la contrariedad, dando razón de quién eres por virtud detus
altos hechos, a fin de que seas célebre y ensalzado como Morsamor yno meramente conocido y
mencionado por amigo de donna Olimpia. Lo propiodigo de mi persona. Yo quiero hacer de
suerte que no me conozcan sólopor el amigo de Teletusa, sino que me celebren por mis audaces
ydichosas empresas como Tiburcio de Simahonda. No he de negarte yo,porque quiero ser franco,
que nuestro propósito es difícil de realizar.Estas dos mujeres (permíteme lo vulgar de la
expresión) que nos hemosechado a cuestas, son de tal magnitud y valer, que nos abruman con
supeso. Y es tal el resplandor con que brillan, que ha de costarnosmuchísimo resplandecer por
nuestras acciones por cima del resplandor quedespiden ellas con sólo manifestarse. No creas tú
que Putifar fue unpersonaje insignificante. Yo he leído en antiguas historias y sé debuena tinta
que se distinguió como hábil capitán, venciendo al Faraóndel alto Egipto, acérrimo contrario del
Faraón pastor a quien él servía,y domando en Chipre los filisteos, gente rubia y belicosa que
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