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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

Como cielo y mar estaban serenos y el viento era próspero, el viaje ibahaciéndose con
felicidad y prontitud.
Al subir una mañana sobre cubierta, nuestros seis principales personajesse extasiaron
admirando el azul transparente de las aguas, rizadasapenas por el soplo de la brisa, donde se
reflejaban el más claro azuldel cielo y las ligeras nubes, que parecían de nácar, purpura y oro.
Laluz del sol, que se iba levantando, formaba en las ondas rielesluminosos y se diría que
penetraba por curiosidad en el senotransparente del agua para iluminar las grutas y los
alcázaressubmarinos que allí se esconden.
La costa europea había quedado lejos. Sólo mar y cielo se hubiera visto,sino apareciese ante
los ojos encantados de los de la nave, no lejos deella y en medio del piélago azul, algo a modo de
ingente y preciosocanastillo de flores y verdura, que parecía flotar sobre la superficiedel
Atlántico. Mil lozanos y frondosos árboles subían hasta la cima delcerro que en el centro de la
isla se alzaba, como ramillete en forma depiña, en cuya punta, destacándose sobre el limpio
fondo del aire,resplandecía un blanco santuario de la Virgen, dorado ya por los casihorizontales
rayos del sol naciente.
—Esa—dijo Lorenzo Fréitas a nuestros cuatro aventureros—es la isla deMadera, descubierta
por Juan Gonzalves y Tristán Vaz en tiempo delglorioso Infante Don Enrique, instigador y
fundador de nuestras grandesempresas marítimas, hoy tan en auge.
A la vista de la isla de Madera, tomando el fresco sobre cubierta y bajoun toldo, se
desayunaron aquel día Miguel y Tiburcio, ambas damas, elmisionero Fray Juan y el viejo piloto.
No hemos de seguir nosotros punto por punto a los viajeros. Pasaremos delargo cuando nada
les ocurra de singular y memorable. Si ahora nosdetenemos aquí es por considerar que, durante
aquel desayuno, todosestuvieron expansivos y casi elocuentes y dijeron cosas muy importantesa
la narración que vamos haciendo.
Hasta el desayuno que tomaron los seis, sentados en torno de una mesaredonda, tenía algo de
exótico para los europeos de entonces, porquebebieron en hondas tazas, mezclada con leche y
azúcar, una infusión decierta hierba olorosa y salubre, que llamaban cha y que ya se traía
aPortugal de los remotos reinos del Catay, que están mucho más allá delIndo y del Ganges.
—Larga y penosa—dijo Miguel de Zuheros—va a ser nuestra navegaciónhasta llegar a las
regiones del extremo Oriente. Enorme es el rodeo quetenemos que dar, bajando hasta el Cabo de
las Tormentas, hoy de BuenaEsperanza, que Bartolomé Díaz dobló por vez primera. Pasman el
esfuerzoconstante y el secular empeño, primero del Infante Don Enrique y despuésde sus
sucesores y de su pueblo para conseguir el triunfo que hanconseguido.
—Con menos tiempo y trabajo—repuso donna Olimpia—me parece a mí que,si mis
compatriotas los venecianos se hubiesen puesto de acuerdo conárabes y turcos y con el Soldan
de Babilonia y con el de Egipto, tal vezhubieran podido abrir algún ancho canal por donde sin
tantos rodeoshubieran pasado sus naves del mar Mediterráneo al mar Rojo,encaminándose luego
por allí hasta más allá de Trapobana, a Cipango y alremoto país de los seras. El pensamiento de
abrir ese canal no es cosanueva. Ya le tuvieron algunos Faraones, y sin duda le tuvieron
tambiénSalomón e Hiran rey de Tiro, cuando unidos en estrecha alianza enviabansus flotas a
Ofir, de donde volvían cargadas de riquezas. Si talpensamiento se hubiera realizado no hubieran
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