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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

Dichos propósitos se cumplieron.
Apenas despuntó el día, acudieron a la puerta de la quinta dos criadosde Morsamor y Tiburcio
con caballos y bagaje. Donna Olimpia y Teletusa,auxiliadas por los dos jaques, empaquetaron y
embaularon sus alhajas,vestidos y demás prendas.
Todo esto, así como las mismas damas y sus escuderos, habían de viajaren mulas que los
genoveses tenían en la caballeriza y de las que sedispuso como de bienes mostrencos. Y no
mucho después, antes de que elsol apareciese y dorase con sus rayos la tierra, todos se pusieron
enmarcha, formando alegre caravana y caminando a paso largo hacia Cascaes.
La llave del desván quedó en poder de las sirvientas de los señoresAdorno y Salvago, para que
pusiesen en franquía a la vieja Claudia y alos señores Carvallo y Acevedo, a las tres horas de
haber salido de laquinta Morsamor y su acompañamiento.
La nave que mandaba Morsamor era grande y capaz y él podía tripularla asu antojo. Con
holgura, pues, instaló en ella a su gente. Y aquel mismodía, antes de que el sol rayase en lo más
alto del cielo,
no
largo
Oceano
navegavam,
As
inquietas
ondas
apartando:
Os
ventos
brandamente
respiravam,
Das naos as velas concavas inchando.
-XI-
Donna Olimpia y Teletusa no se mareaban. Se hallaban en el mar comonacidas: como si
fuesen nereidas y no mujeres. Morsamor se sentíatambién más a gusto que en tierra, lleno de
esperanzas y forjando en sumente los más audaces y ambiciosos planes. En cuanto a Tiburcio
eran demaravillar sus conocimientos náuticos, su alegre humor y su útilactividad a bordo. Por la
traza seguía pareciendo mancebo de menos deveinte años, mas por las acciones podría
suponérsele viejo yexperimentado navegante. Así se lo decía Lorenzo Fréitas, piloto de lanave,
que tenía más de sesenta años, que había navegado mucho y quehabía hecho ya otros dos viajes
de ida y vuelta a la India.
Pronto Lorenzo Fréitas trabó amistad íntima con Tiburcio y se ganó elafecto y la confianza de
Morsamor y de las damas aventureras.
Iba asimismo en la nave un piadoso y entusiasta misionero franciscano,cuyo nombre era Fray
Juan de Santarén. Grandísima gana llevaba este dedifundir la luz del Evangelio, de convertir
idólatras y mahometanos y debautizarlos a centenares. No se oponía todo ello a que Fray
Juan,reservando la gravedad solemne para sus futuras predicaciones, fuese porlo pronto jocoso y
alegre como unas sonajas, inclinado a cuidarse y atratarse bien para sufrir más tarde las fatigas
del apostolado, y hartopropenso a contar chascarrillos y a decir chirigotas, que no
siempredespuntaban por su urbanidad y delicadeza.
 
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