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Gatsby
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-IX-
Las tiernas y repentinas caricias de la vaga italiana, fueronacompañadas de un diluvio de
improperios y de blasfemias, que salían dela boca de Pedro Carvallo, haciéndole coro con
risotadas alegresTeletusa y Tiburcio.
Pedro Carvallo sólo podía herir ya con la lengua. Dos robustos yestupendos rufianes le tenían
bien cogido entre sus enormes manazasfuertes como el hierro, y Teletusa y Tiburcio, sin dejar de
reír, leataban de pies y manos con suma destreza y valiéndose de lienzosretorcidos a falta de
cuerdas que por allí no había.
—¡Matadme o soltadme para que le mate!—gritaba Pedro Carvallo.
Y Tiburcio respondía riendo siempre:
—Tiempo te sobró para matarle cuando estabas suelto. Ahora te atamospor caridad y para que
no mueras.
Blasfemó, chilló e insultó de nuevo Pedro Carvallo. Teletusa pensó ypropuso ponerle una
mordaza, pero no lo consintió donna Olimpia y convoz imperiosa dijo:
—Llevadle al desván con los otros, echad la llave y traédmela. Quepasen allí la noche. Ya
veremos cómo sin peligro ni escándalo se les dasuelta cuando sea de día.
Aquellos dos formidables satélites, escuderos de donna Olimpia, y queella traía siempre
consigo para imponer respeto y tener a raya a losinsolentes, sobre todo, cuando eran spiantati,
oído el mandato de suseñora, tomaron en volandas a Pedro Carvallo y se le llevaron al
desváncon delicadeza y esmero cuidadoso.
Donna Olimpia así lo recomendaba diciendo:
—Nada de malos tratamientos. No le hagáis el menor daño. Hasta podéisdesatarle las manos
cuando esté en el desván y llevarle de comer y debeber y un colchón para que duerma.
Dirigiéndose luego a Miguel de Zuheros, donna Olimpia le dijo:
—Yo os ruego, señor, que me perdonéis el grave disgusto que os hacausado el venir a verme.
No hubo en ello la menor culpa mía. Toda laculpa fue de la vieja Claudia, mi criada. Sin
encomendarse más que a supropia codicia, y creyendo que podía disponer a su antojo de
Teletusa yde mí, cuando menos lo recelábamos, cuando ni sabíamos que estuviesen enCintra los
señores Carvallo y Acevedo, los introdujo aquí a ambosfurtivamente. Dejó solo a Carvallo para
que aguardase por un momento suvuelta y vino con Acevedo a la estancia de Teletusa. Hallábase
allívuestro amigo el señor Tiburcio, mancebo prudente y listo a maravilla.Buen doncel y
consejero tenéis en él. Si la imaginación humana fuese tanviva y creadora en nuestros días como
lo fue en la antigua Grecia, yo medaría a sospechar que la diosa Minerva, así como acompañó y
guió aTelémaco en sus peregrinaciones, tomando la figura de Mentor, así osacompaña y guía al
presente bajo la figura de un garzón barbilindo,disfraz más adecuado, en mi sentir, que el de un
vejestorio barbudo.Pero dejando a un lado alabanzas, diré en cifra y resumen, que Acevedo,lo
mismo que Carvallo, quiso llevarlo todo por la tremenda, y queprevenidos a tiempo mis dos
escuderos, que andan siempre alerta y ojoavizor, aun antes de que Acevedo y Tiburcio
 

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