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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

Era Pedro Carvallo, el hombre de más violento carácter y más iracundoque hubo en Portugal
en aquellas edades. Terrible era además su enconocontra Morsamor, primero por natural
antipatía, y después por surivalidad en amores con doña Sol, de quien Morsamor, en cierto
modohabía sido harto más favorecido.
Pedro Carvallo ardió, pues, en cólera al oír y ver a Morsamor, y lereplicó de esta suerte:
—Mi encuentro contigo, no será ni quiero que sea suave, pero me serágrato. Tiempo ha, que
me tienta el demonio con el prurito de matarte, yahora me ofrece la ocasión más propicia.
¡Defiéndete, miserable!
Y Pedro Carvallo desenvainó la espada y se puso en guardia adelantándosehacia Morsamor.
Este, desdeñando la provocación y el insulto y procurando aún excusar unlance que le parecía
poco o nada honroso, dijo a Pedro Carvallo:
—Sosegaos, señor, y no llevemos a tan crudo extremo este negocio. Ruinfundamento tendrían
nuestro duelo y la muerte de cualquiera de nosotrosdos en esta casa extraña, y que ambos hemos
asaltado. Vergonzosa seríala victoria del que saliese vivo de aquí, y más vergonzoso el término
dequien aquí quedase muerto o herido.
—La poca vergüenza—contestó Pedro Carvallo feroz y groseramente—es lade esas viles
palabras con que tratáis de disimular vuestra cobardía.Defendeos o mataros he como a un perro.
Pedro Carvallo se abalanzó entonces con furia contra Morsamor.
Morsamor sacó la espada, le recibió con calma y paró con inauditadestreza todas sus
cuchilladas y estocadas. Repugnaba Morsamor darlemuerte. Estaba seguro de su inmensa
superioridad. Lo descompuesto y sinarte del ataque ponía en su poder a Pedro Carvallo; pero
Morsamor, poreso mismo, consideraba más odioso dar sangriento término a la lucha conaquel
energúmeno, ciego por el rencor y la soberbia.
La lucha, no obstante, se iba prolongando demasiado. Pedro Carvallo,aunque inhábil, era
fuerte y menudeaba sus golpes con tanto brío, quelos quites de Morsamor tenían que ser también
muy violentos. En uno deestos quites, Morsamor dio de plano y con tanta fuerza en el brazo de
sucontrario, que le derribó por tierra la espada.
Generosamente se contuvo Morsamor, para que el desarmado volviera aarmarse. Y ya Pedro
Carvallo había recogido la espada; y sin tener encuenta en su furiosa locura la magnanimidad de
Morsamor, se disponía denuevo a embestirle, cuando Morsamor se sintió de repente ceñido
elcuerpo en estrecho abrazo y cubierto el rostro de besos.
Donna Olimpia,
In tutto il vezzo, della sua persona,
le tenía asido y exclamaba con jubiloso entusiasmo:
¡O gioja ed orgoglio del mio core! ¡O coraggioso mio drudo!
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