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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

La Reina volvió entonces a reprender a doña Sol y esta alegó que ya notenía culpa. Y al cabo
para mostrar mejor que no la tenía y para lograrque acabasen aquellos obstinados galanteos,
concertó con la Reina elmedio que le pareció más prudente.
Doña Sol no podía escribir decorosamente a ninguno de los dos galanes nipara despedirlos
siquiera. El encargado de todo, por la Reina misma, fueel anciano Duarte de Mendaña, que tenía
empleo en palacio y que habíasido el que introdujo a Morsamor en la corte, según ya referimos.
Duarte de Mendaña se apresuró a cumplir con su comisión. Visitó primeroa Pedro Carvallo, le
enteró del enfado de la Reina y en nombre de suAlteza y con pleno y libre consentimiento de
doña Sol, le intimó quedesistiese de sus pretensiones y persecuciones.
Duarte de Mendaña, más severamente aún y con no menor recato, habló conMorsamor, le
robó de parte de doña Sol toda esperanza de ser amado deella y le exigió que no siguiese
pretendiéndola.
Grandes fueron el pesar y la rabia de Morsamor luego que recibió tan malrecado.
Con descompuestos ademanes, el entrecejo fruncido y crispados los puños,acudió Morsamor a
su confidente Tiburcio para desahogarse hablando delcaso.
-VII-
Con entrecortadas y rápidas frases refirió Morsamor a Tiburcio suconversación con Duarte de
Mendaña.
Luego añadió Morsamor:
—Ya ves cuán cruel ha sido mi desengaño. Casi me arrepiento de haberquerido volver a ser
joven. Viejo y retirado del mundo, ni yo meenamoraba de nadie ni nadie me desdeñaba. ¿Qué
puedo yo ser en estanueva vida sino el arrendajo miserable, la mal trazada copia del
pobreBernardín Riveiro?
—Cálmate, Miguel, y no imagines que debes ser copia de original tanmenguado y atribulado.
Yo topé con él varias veces y me dio lástima ygrima el verle. Ya iba cruzando por entre las
breñas e internándose enlo más esquivo, ya emulando con las cabras monteses, saltaba por
esosvericuetos. Dos o tres veces pasó cerca de mí y me causó horror. Rota ymanchada la
vestidura y enmarañado el cabello, más parece fiera quehombre. Seguro estoy de que en las
venideras edades no han de creer yhan de negar los críticos juiciosos estos ridículos desatinos;
pero yolos he visto y no puedo negarlos. Bernardín Riveiro, por otro lado,tiene algún
fundamento para hacer lo que hace. La Infanta habíacorrespondido a su pasión; le había querido
y había dejado de quererle,pues se casó con otro. Tú distas mucho de hallarte en el mismo caso.
Nidoña Sol es Infanta, ni doña Sol te ha querido nunca, ni inspirado túpor doña Sol has de
escribir églogas, canciones, romances e historias enprosa que te inmortalicen. Dado que le
imitases, sólo imitarías aBernardín Riveiro en lo tonto. Serías la víctima candorosa de
ciertasinvenciones poéticas, falsas o exageradas, que deleitan mucho en el día,como, por
ejemplo, la famosa Questión de Amor. Indigno de ti y más queridículo sería que te empeñases en
 
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