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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

Fray Miguel, al empezar este relato y al presentarle yo a mis lectores,no era escritor, ni
predicador, ni por nada se distinguía. Cualquieraotro fraile de su mismo convento era más
notable que él.
Antes de entrar en la vida religiosa tampoco había conseguido señalarse.Tenía ya setenta y
cinco años cumplidos, y, para todos sus semejantes,no pasaba de ser una de las innumerables
unidades que forman la gransuma del linaje humano.
En el convento se sabía poco y a nadie le importaba saber de la vidapasada de Fray Miguel
antes de que fuera fraile.
Como otros muchos hombres, en aquel largo período de anarquía,discordias y guerras civiles,
que precedió al reinado de los ReyesCatólicos, había buscado por diversos caminos la
notoriedad, el poder yla fortuna, y no había logrado hallarlos.
Fray Miguel había sido soldado y poeta, que eran las dos profesiones,por las cuales, no siendo
clérigo o fraile, podía un hombre del estadollano en aquella edad encumbrarse o darse a conocer
al menos.
Fray Miguel había trabajado en balde. No decidiremos aquí si fue lacapacidad o si fue la
ventura lo que le faltó en su empresa. Su ambicióny sus propósitos no debieron de ser pequeños
si los calculamos por lasignificación del nombre que él como trovador y aventurero de
armastomar había adoptado.
Fray Miguel se había llamado Morsamor en el siglo.
Sus versos fueron tan malos o fueron tan infelices que no entraron enningún Cancionero,
aunque en muchos Cancioneros abundan los detestables,tontos o fríos. Sus hazañas, si las hizo,
no le dieron riqueza, nivalimiento, ni poder, y no hubo cronista que hablase de ellas en
susnarraciones, ni épico callejero que escribiese un mal romance parareferirlas y ensalzarlas.
Dice el refrán que el lobo, harto de carne, semete fraile. Morsamor no fue como el lobo.
Morsamor no cogió la carne:apenas columbró la sombra. La desilusión, la esperanza perdida, le
trajoa la vida monástica.
En ambos reinos, unidos ya bajo el centro de Isabel y Fernando, habíacambiado todo y era
menester que Morsamor también cambiase. La paz y elorden con enérgica severidad habían
venido a sobreponerse a la confusióny al alboroto que estimulaban tanto la ambición y la
codicia. Los falsosantiguos ideales de la Edad Media habían caído por tierra como
ídolosquebradizos, desbaratados y rotos bajo los certeros golpes del cetro dehierro de los nuevos
soberanos. Morsamor no acertaba a descubrir nuevosideales: nuevos objetos, término y meta de
la ambición humana. A susojos sólo quedaba en pie el venerando e indestructible ideal
religioso,que se alzaba como elevadísima y solitaria torre en medio de un campoarrasado y lleno
de ruinas. Lo único que quedaba como refugio, consueloy fin de la vida de Morsamor era la
religión. Hízose, pues, religiosopor no saber qué hacerse. Y ya se comprende que esta manera de
hacersereligioso de poco o de nada podía valerle así en la tierra como en elcielo.
Harto se comprenderá también, se explicará y se justificará por lodicho, el pobre papel que
Fray Miguel de Zuheros hacía entre los demásfrailes.
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