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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

es quienno está seguro de su propio valer. Ora duda de él y quiere que losextraños confirmen y
acrediten que le tiene; ora en el fondo de suatribulada conciencia se ve ruin, necio y para poco, y
aspira sinembargo, a imponerse, engañando al mundo. Al orgulloso, al que hace altaestimación
de sí propio, poco o nada le preocupa la estimación de losdemás. Si no le estiman es porque no le
comprenden. Y si le estiman,todo el caso que hagan de él no aumentará en un escrúpulo, en un
átomo,la importancia que él se atribuye. En lo antiguo, entre los gentiles,era muy frecuente esa
preocupación que tú tienes ahora. Sin duda por elafán de lucirse y de inmortalizarse, así como
Eróstrato incendió eltemplo de Diana en Efeso, hubo muchos que, sintiéndose ruines, amaron
lacelebridad más que la vida, y no por amor a la libertad y a la patria,sino por amor de la
vanagloria, dieron muerte a sendos reyes o tiranos.El gran satírico de Roma lo consigna en sus
versos: Pocos son lostiranos y los reyes que descienden al infierno con muerte sosegada
ypacífica y sin violencia ni sangre. La religión de Cristo ha mitigadoeste furor de celebridad.
Acaso llegue un día en que las creencias seanmenos firmes, y entonces movidos los miserables
por la sed de nombradía,volverán a intentar o a perpetrar crímenes que los levanten sobre
losdemás hombres, aunque sea en el patíbulo. Tiene de bueno la humildadcristiana, que es de
todo punto contraria a la vanidad aviniéndose conel orgullo recto y sano. Después de exclamar,
con el muy elocuenteObispo de Hipona: ¡Gran cosa es el hombre hecho a imagen y semejanza
deDios!, ¿quién ha de preocuparse de que en esta baja tierra le hagan ono le hagan caso? Si ha de
consistir nuestra aspiración en serperfectos como nuestro Padre que está en el cielo, ¿qué
añaden a lasuma de lo perfectible las vulgares alabanzas y los honores mundanos? Elbuen
imitador de Cristo se muestra sin duda muy humilde, pero es conrelación al Dios que ama y
adora. Postrado ante su Dios es despreciablepecador, es vil gusano, pero esa misma humillación
le encumbra luego. Elhumilde Francisco de Asís sube al cielo, y, si hemos de dar fe a
larevelación que tuvieron sus hijos espirituales, fue a sentarse en elesplendoroso y elevadísimo
trono que dejó allí vacante Lucifer despuésde su rebeldía. Y no dilato más mi razonamiento.
Básteme concluiraconsejándote que no hagas el menor caso de que te hagan o de que no tehagan
caso. La estimación se la da uno mismo sin necesidad de que se ladé nadie. Otras son las mil
cosas materiales e inmateriales que estánfuera de nosotros y que fuera de nosotros es menester
buscar y hallar.Como ejemplo de las inmateriales pongo el amor. Ya encontrarás tú quiente ame.
Como ejemplo de las materiales, casi como cifra y compendio detodas ellas, pongo el dinero, y
ese le tenemos en abundancia, gracias ala espléndida munificencia del Padre Ambrosio. Alégrate
pues, y tenpecho ancho. Ya el Padre Ambrosio, en su previsora sabiduría, habrádispuesto los
sucesos de tal manera que pronto te atiendan, no como fin,pues basta que te atiendas tú, sino
como medio de realizar otros fines.
Aquí llegaba Tiburcio en su singular perorata, cuando salió de laiglesia un viejo venerable,
ricamente vestido, como muy principalhidalgo que era. Y parándose delante de Morsamor y
mirándole de hito enhito con jubilosa sorpresa, le dijo:
—Sois, señor, el vivo retrato, no sé si de vuestro padre o de vuestroabuelo, a quien conocí y
traté hará ya medio siglo, pero cuya imagenestá grabada en mi memoria con rasgos indelebles.
Le debí primerofranca, leal y cariñosa amistad y después, la vida. Yo me llamo Duarte ysoy hijo
del heroico Pedro de Mendaña, quien después de la batalla deToro se mantuvo tanto tiempo en el
castillo de Castronuño, contra todoel poder de Castilla. Un valeroso aventurero de aquella
nación, cuyonombre era como el vuestro Miguel de Zuheros, y cuyo sobrenombre deguerra era
también Morsamor, fue en aquel castillo mi constantecompañero de armas. Audaces correrías
hicimos a menudo en el paísenemigo. Talamos sus panes, saqueamos alquerías y granjas y
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