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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

Sorprendida y asustada la turba por aquella súbita e imprevistaintervención, retrocedió no
poco, dejando despejado un largo trecho entorno de los forasteros inermes, delante de los cuales
se pusieronprontos a defenderlos los otros dos forasteros a caballo.
El populacho, no obstante, pasado su primer asombro, arremetió contraMiguel de Zuheros y
Tiburcio, yendo algunos de los que acometían armadosde garrotes y de puñales.
Sangrienta hubiera sido aquella pendencia, y tal vez de éxito fatal paranuestros dos héroes, si
de repente no hubieran recibido el socorro de ungallardo mozo, más joven en apariencia que
Tiburcio, a caballo también,elegante y ricamente vestido, y con el escudo de las armas
realesbordado en la sobreveste, manifestando así que era mozo fidalgo o meninode la cámara del
Rey.
Su nombre corrió entonces de boca en boca entre la plebe. Era elsimpático Damián de Goes,
que privaba mucho con el soberano.
Por lo pronto tuvo esto a raya a la multitud, pero no faltó quien lairritase, y empezó entre los
tres caballeros por una parte, y siete uocho fidalgos que estaban a pie y vinieron a auxiliarlos, y
por otraparte la desarrapada muchedumbre, una muy reñida escaramuza, que hubieraterminado
en tragedia, si por dicha no hubiesen amortiguado la cólera detodos, parándolos atónitos y
respetuosos el resonar de los clarines y elestruendo jubiloso de las aclamaciones que anunciaban
la entrada en laplaza del Rey y de su comitiva.
Aunque la lucha cesó, no cesó tan a tiempo que el Rey no se enterase deella. Y mandados por
él, se adelantaron algunos soldados de su guardia,rompieron por medio de la apiñada multitud y
llegaron al centro mismodonde se hallaban los que dieron ocasión al alboroto.
Damián de Goes, haciéndose seguir de Miguel de Zuheros, de Tiburcio y delos dos forasteros
desconocidos, llegó donde estaba el Rey y le refiriótodo el suceso.
Dirigiéndose el Rey al anciano desconocido, le preguntó:
—¿Y tú quién eres y de dónde sales, viniendo a perturbar la alegría yla paz de Lisboa en
ocasión tan solemne?
Con serenidad y desenfado respetuoso y en correcta y elegante lenguaportuguesa, el anciano
contestó al Rey:
—Yo señor, he nacido en Lisboa. Aquí he pasado los mejores años de mivida. Las saudades
de mi ciudad natal y (¿por qué he de negárselo aVuestra Alteza?) negocios importantes de mi
casa me han hecho volver aPortugal, que abandoné muy niño, cuando ya estoy viejo, aunque
másabrumado por los pesares que por los años. Pensaba yo permanecer enPortugal muy poco
tiempo, y no recelaba que nadie me reconociese,descubriendo y divulgando mi nombre, mi
religión y mi casta, tanaborrecida hoy en España toda. Por desgracia no ha sido así.
Interesadosenemigos míos me han reconocido, han hecho correr la voz entre el vulgode que soy
israelita y han causado el atropello de que yo hubiera sidovíctima, si estos nobles caballeros no
me socorren.
—¿Y cuáles son tu condición y tu nombre?—preguntó el Rey.
Temeroso de que no le diesen crédito, vaciló en declararlos el anciano.
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