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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

En la iglesia del Carmen se venera una imagen de la Virgen de losDolores, de quien era el
Rey muy devoto y a quien iba a presentar ricaofrenda y a dar fervorosas gracias por los recientes
triunfos que lasarmas portuguesas habían alcanzado en Ceilán y en otras islas másremotas.
-III-
La procesión iba con tanta pausa, que Miguel de Zuheros y Tiburcio notuvieron que
apresurarse para llegar a la Plaza del Rocío antes de quela procesión llegara.
Poca gente había aún en dicha plaza, en uno de cuyos ángulos se pararonnuestros aventureros.
Todo en torno estaba sosegado. El escaso públicohablaba en voz baja y hacía poco ruido, pero de
súbito todo cambió deaspecto, levantándose allí cerca furioso tumulto. La gente se agolpaba
adonde el tumulto había empezado: unas personas para tomar parte en él ypor curiosidad otras.
Un anciano de venerable aspecto, de blanca yluenga barba, vestido de negro a la italiana, y
acompañado sólo de otrode menos edad, que parecía ser su familiar o secretario, estaba
rodeadode hombres y mujeres del pueblo, de esclavos negros y de muchachuelosvagabundos,
que en ademán hostil le insultaban y amenazaban a gritos,llamándole marrano, enemigo de
Cristo y perro judío.
Sin provocar más la furia del populacho, y sin tratar tampoco de huir,el anciano miraba con
serenidad y calma a los que le ofendían,manifestando en sus miradas, no indignación, sino dulce
y resignadatristeza.
Aquel grave modo de sufrir la injuria, así como el valor pasivo de queel anciano daba pruebas,
contuvieron por algunos momentos la furia delpopulacho. Los gritos no obstante de perro judío y
de marrano, que losmás desaliñados y maleantes no se cansaban de repetir, sobreexcitaronlas
malas pasiones. Todavía quedaba alrededor del denostado, un claro ovacío no pequeño; pero el
círculo se iba estrechando, y era de temer,era casi seguro, que pronto las ofensas de palabra iban
a convertirse enrudas ofensas de hecho. Ya algunos pilletes y mujercillas habíandisparado contra
el anciano desperdicios de berzas y frutas, y alguientambién había escupido sobre él, aunque sin
tocarle.
Un mulato, el más insolente de la chusma, avanzó hacia el anciano con lamano levantada
como para darle en el rostro. El anciano permanecióimpasible e inmóvil, apoyado en la larga
bengala que le servía debáculo; pero su secretario o familiar, más joven y robusto,
perdiópaciencia, se interpuso, hizo cara al mulato y le sacudió tan fuertepuñetazo, que lo derribó
por tierra.
La ira popular rompió entonces todo freno. Hombres, mujeres y chiquilloscayeron sobre los
dos, al parecer forasteros y judíos, y sin duda loshubieran despedazado, si no acuden muy a
tiempo Miguel de Zuheros yTiburcio, abriéndose paso por entre la alborotada y
amontonadamuchedumbre y sacudiendo golpes sobre ella, con las espadas desnudas,aunque
procurando que fuese de plano, para no causar heridas ni muertes.
 
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