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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

problemática; era casi un misterio. Sediría, no obstante, que aquel astro culminaba entonces en el
meridianode su belleza y de su gloria. Sobre la hacanea torda en que iba ysentada sobre blandos
cojines en elegantísimo sillón o jamugas, semejabauna emperatriz en su trono.
Al encararse con Miguel de Zuheros, mirándole de frente, le hizo bajarlos ojos deslumbrado
por la viveza de aquel mirar y por la fuerzamagnética de aquellos ojos verdes o glaucos como los
de Minerva, Medea yCirce, y que podrían compararse a dos esmeraldas ardiendo en llamas.
Donna Olimpia era alta y bien formada, pero, más que esbelta, amplia yexuberante sin perder
la gracia y el hechizo, como las ninfas y diosasque pintaba Tiziano Vecelli.
Cuando pasaron los del grupo, Tiburcio prosiguió su arenga diciendo:
—Esta donna Olimpia es un prodigio singular. Se ignora la edad quetiene. Quizá sea como la
hechicera Arleta, que se disfrazaba de moza yenamoraba y seducía a todos los hombres. Su
hermosura, sustancial oaparente, no se puede negar. Tiziano, no hace mucho tiempo, se
complacióen retratarla en un cuadro delicioso. Ella está figurando a Venus, conla ligereza de
ropas que tal figuración requiere, pero en su soberbiacabeza lleva el morrión penachudo, y a sus
pies tiene por tierra latruculenta espada de Marte. Por dichas prendas, que le ha entregado elDios
de la guerra que está allí contemplándola en éxtasis, le entregaella un travieso amorcito, que
tiene cogido por las alas y que ha sacadode una jaula, donde quedan aún presos otros varios
hermanos suyos.Paréceme, señor Miguel, que no os disgustaría que os regalase o vendiesedonna
Olimpia alguno de los mencionados hermanos.
Interpelado así bruscamente, contestó Miguel de Zuheros:
—Déjate de eso ahora. En asuntos más graves debemos ocuparnos y másgloriosas empresas
nos conviene acometer. Dime, sin embargo, pues no teniego que soy curioso, algo más que sepas
de donna Olimpia.
—Poco más puedo contarte. Si hemos de creer lo que ella refiere, no hahabido, en lo que va
de siglo, mujer más victoriosa. A sus pies hanestado príncipes y duques, guerreros invictos,
acaudalados mercaderes ylaureados poetas como Ludovico Ariosto, Fracastoro, el
Aretino,Sannazaro y muchos más cuyos nombres no acuden a mi memoria. En ciertafarsa o
representación alegórica, en el palacio de Alejandro VI, hizouna vez la figura de la Justicia, con
la balanza en su fiel, pesandoméritos y repartiendo premios según a cada uno le tocaba. Se
cuenta, porúltimo, que donna Olimpia, allá en su primera mocedad, se lució una vezen la
academia platónica de Florencia, pronunciando un sublime discursosobre el amor, que oyó
Marcilio Ficino, ya viejo, y quedó embelesado deoírle.
—Vamos, vamos, no me cuentes más de esa mujer. Basta con lo que hasdicho para
comprender que es la más desvergonzada de las aventureras.
Terminada aquella conversación, Miguel de Zuheros y su doncel soltaronlas riendas a sus
caballos, y a buen trote, y buscando rodeos para notropezar con la muchedumbre que atajaba el
paso, se dirigieron a laPlaza del Rocío, para ver de nuevo la procesión o pompa regia, que
debíapasar por allí. En seguida, según estaba anunciado, la procesión subiríaa iglesia del
Carmen, edificada sobre un cerro, que domina dicha plaza,y donde se ven y persisten aún sus
ruinas, después del terremotohorrible que la destruyó en 1755.
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