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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

-I-
En el primer tercio del siglo XVI, y en un convento de frailesfranciscanos, situado no lejos de
la ciudad de Sevilla, casi en lamargen del Guadalquivir y en soledad amena, vivía un buen
religiosoprofeso, llamado Fray Miguel de Zuheros, probablemente porque eranatural de la
enriscada y pequeña villa de dicho nombre.
No era el Padre alto ni bajo, ni delgado ni grueso. Y como no sedistinguía tampoco por
extremado ascetismo, ni por elocuencia en elpúlpito, ni por saber mucho de teología y de
cánones, ni por ningunaotra cosa, pasaba sin ser notado entre los treinta y cinco o treinta yseis
frailes que había en el convento.
Hacía más de cuarenta años que había profesado. Y su vida ibadeslizándose allí tranquila y
silenciosa, sin la menor señal ni indiciode que pudiese dejar rastro de sí en el trillado camino que
la llevaba asu término: a una muerte obscura y no llorada ni lamentada de nadie,porque Fray
Miguel, aunque no era antipático, no era simpático tampoco,se daba poquísima maña para ganar
voluntades y amigos, y, al parecer, nien el convento ni fuera del convento los tenía.
En vista de lo expuesto, nadie puede extrañar que hayan caído en elolvido más profundo el
nombre y la vida de Fray Miguel.
Ya verá el curioso lector, si tiene paciencia para leer sin cansarseesta historia, las causas que
me mueven a sacar del olvido a taninsignificante personaje.
Son estas causas de dos clases: unas, particularísimas, que se sabráncuando esta historia
termine; y otras tan generales, que bien puedendeclararse desde el principio y que voy a declarar
aquí.
Todo ser humano, considerado exterior y someramente, es indigno dememoria, si no ha
logrado por virtud de sus hechos o de sus palabras,habladas o escritas, influir poderosamente en
los sucesos de su época,haciendo ruido en el mundo. Los que ni por la acción ni por
elpensamiento, revestido de una forma sensible, logran señalarse, pasancomo sombras sin dejar
rastro ni huella en el sendero de la vida y van ahundirse en olvidada sepultura, sin que nadie
deplore su muerte y sinque nadie, al cabo de pocos años, y a veces al cabo de pocos días,
seacuerde de que vivieron.
Y, sin embargo, cuando por cualquier medio o estilo acertamos a penetraren las profundidades
del corazón y en los más apartados y obscurosaposentos del cerebro del personaje al parecer más
insignificante, todosuele cambiar de aspecto en la idea que formamos de él, ya quedescubrimos
allí multitud de pensamientos maravillosos y de soberanasaspiraciones, y un mar tempestuoso de
apasionados sentimientos, que orasean buenos, ora sean malos, si llegan a ser grandes, dan valer
eimportancia a la persona que los concibe e inspiran hacia ella uninterés acaso mayor del que
nos han inspirado los más famosos varones alsaber sus altas hazañas o al leer sus inmortales
escritos.
 
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