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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

producto de la industria europea, conque satisfacer elamor al fausto de los portugueses, y para
llevar, en cambio clavo ypimienta, perfumes de Arabia, canela de Ceilán, sedas y porcelanas
delCatay, marfil de Guinea, alfombras de Persia, chales y albornoces deCachemira, perlas,
diamantes y rubíes de las montañas y de los golfos dela India, bambúes y cañas y tejidos de
algodón y de nipa de Bengala,monos, papagayos y otras aves de vistosas plumas, y mil
exóticascuriosidades del extremo Oriente.
La muchedumbre de hombres y mujeres que hervía en los muelles y paseos,calles y plazas de
Lisboa, tenía extraño y pasmoso aspecto por lavariedad de sus rostros, de sus trajes y de los
idiomas que ibanhablando. Por donde quiera se notaban movimiento y bullicio, pero másque en
ninguna parte en la Calle Nueva y Plaza del Rocío, donde estabanlas tiendas de los más ricos
mercaderes, y a lo largo de la orilla, casihasta Belén, donde a la par de las quintas y de los
parques habíagrandes almacenes o depósitos para las mercancías que se embarcaban
odesembarcaban. Millares de esclavos negros, empleados en las faenas delpuerto y en otros
trabajos, discurrían solícitos por donde quiera.Marineros, soldados y hombres y mujeres del
pueblo, paseaban o formabangrupos para charlar y reír, tratar de amores o promover
pendencias.Entonadas hidalgas, ya caminasen a pie ya a las ancas de una mula quemontaba y
dirigía respetable escudero, ya en soberbios y doradospalanquines, solían llevar lucido séquito de
dueñas, lacayos y pajespara mayor autoridad y decoro. Los magnates y señores ricos se
mostrabancabalgando en hermosos caballos con ricos jaeces y con numerosa comitivade criados
y familiares de sus casas. Y el Señor Rey, que gustaba comonadie de la pompa y del aparato,
salía con frecuencia en públicoformando con su lujoso y raro acompañamiento una procesión
admirable. Nosemejaba el monarca portugués, príncipe de Europa, sino déspotaoriental,
soberano de cuentos de hadas o de Las mil y una noches,merced al brillo y al lujo que le
circundaban. Le precedían a veceselefantes y rinocerontes, domadores que llevaban serpientes y
tigresdomesticados, y el rey iba a caballo, en medio de los más brillantesseñores de la corte, sus
favoritos y validos, todos con muy elegantes yvistosas ropas y con airosas y blancas plumas en
los birretes. DonManuel, que era regocijado y festivo, también se hacía acompañar amenudo de
juglares y bufones, que le divertían con sus chistes y burlas,y casi nunca prescindía de los
músicos, que iban tocando sonorosinstrumentos, anunciando así que el rey venía y alegrando los
sitios pordonde transitaba.
Todo era animación y movimiento, todo alborozado y estruendoso júbilo enLisboa, en la
hermosa mañana del día del Corpus de aquel año de 1521, enque el rey Don Manuel cumplía los
cincuenta y dos de su edad, celebrandocon gran pompa su natalicio.
Terminada además la soberbia fábrica del templo de Belén, el monarcalusitano le abría y le
mostraba por vez primera a su pueblo haciendocantar en él un solemne Te Deum.
Su alteza, acompañado de su tercera mujer, la reina Doña Leonor, hermanadel César Carlos V,
con más ricas y pomposas galas que nunca ycircundado de brillante y vistosa comitiva, había
acudido a la iglesiapara presenciar la ceremonia religiosa y darle mayor lustre.
Aunque el templo es espacioso, sólo se había permitido entrar en él alos convidados; porque si
hubiera tenido franca entrada la muchedumbre,no pocos se hubieran maltratado allí dentro, a
causa de los miles ymiles de personas que habían venido a la fiesta, no sólo de Lisboa, sinode
otras ciudades y villas de Portugal y aun de reinos extraños.
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