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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

y se representa todo deun modo más directo y más vivo, sin acudir a los signos arbitrarios delas
frases y de las palabras.
Punto menos que imposible, es reproducir aquí lo que Fray Miguel pensó yse dijo. En todo
discurso, si se enuncia por el lenguaje humano, lasimágenes, las pasiones y los pensamientos van
tomando forma,sucediéndose y mostrándose con cierto orden y gradación, unos en pos deotros.
En Fray Miguel no era así: en silencio exterior estaba él, sinvoz y sin acento que pudiesen
percibir los sentidos; pero allá en losabismos de su alma se levantaba tempestad espantosa.
Recuerdos,esperanzas, dudas y desengaños, todo acudía en tumulto y asaltaba yatormentaba su
mente. Fray Miguel por involuntario impulso hacía un raroexamen de conciencia. El bien y el
mal de cuanto había hecho se leaparecían como presente y no como desvanecido y pasado, y al
mismotiempo hacían irrupción en su espíritu, en tropel contradictorio yconfuso, triunfos y
derrotas, crímenes y virtudes, gloria y oprobio ymil portentosos lances y sucesos, que flotaban
sin encadenamiento quelos ligase, en un porvenir nebuloso.
Arduo sería penetrar en el espíritu de Fray Miguel y descubrir cuanto enaquel momento le
agitaba; pero aún es arduo el empeño de distinguir loque bullía en aquel caos y darlo a conocer
por medio de la palabraescrita. Haré, no obstante, un esfuerzo, a fin de que se sepa algo de loque
entonces Fray Miguel sentía y pensaba. Lo que en su mente erasimultáneo no podrá menos de
sucederse en el soliloquio, pero lo que élinteriormente se hablaba, carecía de conclusión y de
principio y semanifestaba todo a la vez.
Desesperado de lograr en el mundo la fortuna que buscaba, Fray Miguel alos treinta y cinco
años de su edad se había refugiado en el claustro.Su última derrota había sido en la batalla de
Toro, donde militó endefensa de doña Juana, en las huestes portuguesas.
Ya en el claustro, pensó que la paz le bastaría. Se propuso no aspirarsino a la paz, pero
conoció pronto que la paz no le bastaba. Su ambicióny su codicia de riquezas, bienes, poder y
deleites materiales, lealejaron del mundo, mas no para hundirse y perecer, sino para buscar
susatisfacción más allá del mundo: en algo tan sublime y tan luminoso quetodas las excelsitudes
y resplandores del mundo fuesen, en sucomparación, ruindad, misericordia y sombra. En la
fertilidad y verdurade los campos, en las umbrías solitarias, durante las horas meridianas,cuando
vierte el sol a torrentes sus rayos esplendorosos, en el augustosilencio de la noche, en la amplitud
del cielo lleno de estrellas, en elmovimiento y en la vida de los seres, en la yerbecilla que
pisaban suspies, en la flor silvestre que deshojaban sus dedos y en el astro remotoque sus ojos
apenas distinguían, en lo más cercano y en lo más distante,Fray Miguel buscó la clave del
misterio, quiso hallar la cifra de unnombre incomunicable, pugnó porque se le apareciese y se le
revelase losobrenatural y lo sobrehumano. Sin duda era el orgullo y no el amorquien impulsaba a
Fray Miguel; Fray Miguel no consiguió nada.
Entonces apartó el sentido y distrajo la atención de todo lo creado, decuanto se muestra en lo
exterior a nuestros ojos o resuena en nuestrosoídos. Como buzo que baja en busca de coral y de
perlas al fondo de losmares, hundió su mente en la íntima contemplación de su propio
ser,buscando allí la raíz por donde estaba asido y como pendiente de loinfinito. Tampoco así
halló nada, sino obscuridad vacía y lúgubre.
Volvió el pensamiento de Fray Miguel al mundo exterior. Desechando laidea de estar poseído,
concibió la esperanza de poder estar obseso. ¿Eraél tan vil y tan indigno que no lograse ponerse
en comunicación conseres inteligentes que no formen parte del linaje humano? El universoestá
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