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Morsamor Peregrinaciones Heroícas y Lances de Amor y Fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda

desobrehumanas facultades. Alejandro de Macedonia halló la lámina deesmeraldas, pero no la
comprendió. Ni Aristóteles ni ninguno de lossabios que después ha habido, la han interpretado y
comentado como sedebe. Yo me lisonjeo de entender todo su sentido, pero no quiero nipuedo
explicártele ni me entenderías aunque te le explicase. El que leentiende, la lámina misma lo
declara, tendrá toda la gloria del mundo yde en torno suyo se apartarán las tinieblas. Yo no
puedo darte laciencia. La ciencia que poseo es intransmisible, pero puedo y quierodarte los
bienes que de la ciencia dimanan, que yo desdeño porque soysuperior a ellos, pero que sujeto a
mis órdenes. Sígueme si tienesvalor; sube conmigo a mi laboratorio y allí verás cómo se agitan
losmisteriosos poderes y cómo las energías ocultas realizantransformaciones y van más allá, y
trasmutan las sustancias, y de losólido y duro sacan el oro, y en lo aéreo y difuso hallan el
movimientoy la fuerza y los medios de renovar y de reconstituir la vida. Si tienesvalor, si
presencias sin temblar y sin desmayarte mis tremendasoperaciones y te sometes a ellas, yo te
prometo que te devolveré elvigor de la mocedad y los medios de ponerte a prueba por segunda
vez, ysin perder tiempo ver de un modo definitivo si vales o no vales.
Dicho esto, el Padre Ambrosio, tomando en la mano la lámpara que ardíasobre la mesa y
sirviendo de guía, hizo entrar a Fray Miguel en lamezquina alcoba donde tenía su cama. Allí
había en el ángulo formado porlas paredes del fondo y lado derecho una estrechísima escalera
decaracol, por donde ambos frailes subieron más de treinta escalones. Alextremo de ellos había
una compuerta que el Padre Ambrosio levantó confacilidad. Ambos se encontraron entonces en
un espacioso camaranchón,lleno de extraños objetos que provocaron la admiración y el asombro
ydespertaron la curiosidad de Fray Miguel de Zuheros. En varios anaquelesmultitud de vasijas
de barro, ampolletas de vidrio, redomas y pomos, quecontenían sin duda extrañas drogas;
arrimados a la pared o suspendidosde ella dos esqueletos humanos y pájaros y reptiles disecados;
endiversos poyos, en mesas, en hornillas y en anafes, retortas, embudos yvasos de metal y de
arcilla; en la gran chimenea de campana, que estabaen la pared opuesta al sitio por donde habían
entrado, ardía un poco deleña en medio de rescoldo y ceniza. En el centro de la estancia
unalámpara de bronce, pendiente del techo por una cadena, derramaba luz másviva, clara e
intensa que la producida por la combustión de la cera ydel aceite. Casi debajo de la lámpara
había un atril y en el atril ungran libro manuscrito en pergamino. El Padre Ambrosio se acercó al
libroy dijo:
—Esta es la Alegoría de Merlín.
Luego leyó, extractando e interpretando en nuestra lengua vernácula elcontenido de las
páginas por donde el libro estaba abierto:
«Él quiso beber del agua que le agradaba. Se la trajeron y bebió. Sepuso muy pálido. Sintió
grandes dolores como si le arrancasen contenazas pedazos de su cuerpo. Invadieron su ser la
pesadez y la fatiga.Cayó por último en profundo letargo. Ha muerto, decía la gente. Elmédico
que le dio el agua le ha envenenado. Menester será enterrarle oquemarle antes de que se pudra e
inficione toda la tierra. Pero el sabiomédico no consintió que le enterrasen. Le puso en una caja
de hierro enforma de cruz, ungiéndole antes con raros linimentos y olorososbálsamos. Cercó de
fuego y de llamas el féretro metálico, y pronto, muypronto volvió a la vida el que parecía
muerto, y volvió tan lleno dehermosura y de fuerza, que todos le amaban y los reyes y los
poderososde cuantas naciones hay en el mundo le honraban y le temían».
El Padre Ambrosio cerró entonces el libro y continuó hablando de estasuerte:
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